viernes, 26 de octubre de 2018

LA FUERZA DE ELENA



Elena, una mujer de pueblo, que a sus sesenta y cinco años comienza el día con una sonrisa. Es Elena persona de cuerpo pequeño y delgado, pero fuerte, después de haber parido y criado a seis hijos;  un cuerpo frágil, pero curtido por la vida que le ha tocado vivir. Cada mañana se levanta con energía y, canturreando, riega los múltiples geranios que adornan su terraza orientada al mar, a ese mar de Motril limpio y sereno que al contemplarlo tantos recuerdos le trae a la memoria.
Tuvo muchas desgracias: uno de sus hijos se metió en el mundo de la maldita droga, un mundo desconocido y oscuro para ella. Fue una de las más duras batallas que tuvo que lidiar; luchó con uñas y dientes hasta lograr sacarlo de aquel horrible infierno.  Aunque eso no fue lo peor; lo que le arruinó la vida y le rompió el corazón en mil pedazos, fue la muerte  de su hijo Antonio (su ojito derecho), el más pequeño,  que con tan solo veinte años perdió la vida una madrugada, en un trágico accidente de tráfico.
Una mañana de otoño, después de una larga noche de insomnio, estando en la cama hundida por la pena y la soledad, una llamada de teléfono de su amiga Marta cambió su vida para siempre.
—Hola, Elena buenos días. Mañana empiezan las clases en el “Centro de Adultos”. ¿Te gustaría asistir? Dicen que quedan muy pocas plazas para este curso; si quieres ir tienes que darte prisa en hacer la matrícula. Creo que te hará bien: conocerás a  otras mujeres y podrás adquirir nuevos conocimientos, para lo que nunca es demasiado tarde.
Nunca pensó que podría hacer tal cosa, pero sí lo hizo. Se apuntó para recibir clases de  informática. El primer día que asistió a clase tardó más de dos horas sólo en escribir su nombre. ¡¡¡Eso ya es historia!!! Actualmente puede chatear, acceder al correo, escribir sus propios relatos, publicarlos en su blog… Además, se ofreció al director del Centro de Mayores para enseñar a algunas de las compañeras a jugar a la petanca, un juego que aprendió con sus hermanos siendo muy joven. También participaba en el taller de teatro aficionado “Soniquete”, que habían  creado un grupo de compañeras de clase, al que Elena se incorporó con gran ilusión. Cada tarde se reunían para ensayar en el salón de actos del Centro. Por una de las compañeras se enteró de  que habían convocado elecciones para  presentarse al Consejo de Centro. Pensó en presentarse y lo hizo. Y ante su incredulidad,  salió elegida por mayoría de votos. Podía hacer algo más por las alumnas del colegio exponiendo las quejas y opiniones que ellas le transmitían. Sí, quería hacer algo más: poder colaborar con los profesores/ y profesoras para organizar viajes culturales, visitas al medio ambiente, etc., y así conseguir una mejor y mayor convivencia entre las compañeras. Eso le sería más fácil si participaba en las periódicas reuniones del Consejo de Centro. Con la ayuda de sus compañeras fundó una asociación de mujeres, con más de veinte socias, en la que podían expresar y defender sus derechos como personas ante las injusticias de la vida, la vida que les había tocado vivir a la mayoría de ellas. Esas mujeres valientes, de pueblo, que lucharon lo indecible para sacar a sus hijos adelante. Fueron ellas las que inyectaron a Elena la fuerza y las ganas de seguir viviendo cuando ya su vida estaba casi acabada. Pero su triste vida había cambiado;  gracias a esa llamada  había conseguido salir de aquel negro y profundo pozo en el que se encontraba metida. 
Tengas la edad que tengas, RECUERDA: La vida es como una breve obra de teatro: canta para ser feliz, ríe cuando tengas ganas de llorar, y vive, vive, intensamente… antes  de que baje el telón y la función termine sin aplausos. 


3Premio de relatos certamen de relato y poesía "Salvado Varo"-2018


 


 









sábado, 24 de febrero de 2018

EN LA OSCURIDAD.


No puedo escapar de este agujero oscuro y silencioso. Lo intento una y otra vez, pero la niebla que todo lo cubre me lo impide. No sé como caí  aquí ni por qué me encuentro en este extraño lugar. Si lo pudiera recordar… Pero por más que me esfuerzo no lo consigo.
De vez en cuando vienen extraños y se asoman para ver lo que hay dentro. No los conozco de nada. Unas veces me escondo; otras, intento hablar con ellos, pero huyen despavoridos. Siento un intenso frío, y como la carne poco a poco se desprende de mi esqueleto.

Es entonces cuando me doy cuenta de que estoy muerta.

sábado, 3 de febrero de 2018

CAPÍTULO XLIII


EL PASTOR
Rigoberto baja la colina a esa hora, en que la tarde abraza la  noche. Las ovejas blancas y recelosas bajan despacio, guiadas por el silbido del aceitunado y joven pastor. A su lado Platera camina despacio con su ceroncillo a cuesta, cargado de naranjas y limones, guardando dócilmente la distancia entre las ovejas lanudas y su dueño.

Platera se para un instante, alegre agita su peludo rabo y huele la húmeda tierra que bordean la entrada del pueblo, las medrosas ovejas se disipan  un momento,  al entrar por las anchas calles de bajas y blancas casas del pueblo. El chiquillo verdinegro  con sombrero de paja desgajada,  despierta el silbato y la piara se reúne guiada por su perro Pánfilo, que haciendo un circulo las rodea  para acopiarlas para que entren en el cobertizo.  Ya, dentro Platera, levanta las patas delantera y rebuzna  inquieta, solicitando al chiquillo que la despoje de su pesada carga. El pastor sucio y cansado cierra la puerta tras de sí  y mira la luna azulada, como madre amante posa sobre el pueblo su  resplandor plateado como un blanco  manto, Suspira hondo ¡Ayn!  eza gurra juera míaaa...

Reescrito por: Maruja J Galeote.

 

CAPÍTULO VIII


LA FLOR DEL CAMINO



Le dicen loca Platera, pero ella sabe más de la vida que cualquiera de nosotros y nuestro mundo de sentimientos reprimidos. Le dicen loca, pero la mirada de ella sabe ver dentro de los hombres, llega hasta su última esencia, mezcla desigual de pureza y maldad. Ella no juzga. Sabe que cada hombre es como un libro, con historia diferente, aunque todos tengan el mismo final.


Platera, ella es pura y transparente, se enamora cada día, todos los días, del inmenso cielo azul, Motril, de esas flores que asoma tímidamente sus pétalos, realzando en la verde vega, claveles, nardos, aguacates… y del inmenso mar que la custodia. De esa rosa carmesí que asoma en el balcón de forja, de su vecino de la casa de alado, Platera, el que todas las mañanas pasa a su lado tarareando una alegre canción, y le dice. Buenos días, “Margarita se llama mi mor"...y la mira enamorado Por eso ella le sonríe agradecida Platera, como la flor del camino, su joven corazón esta cautivo pero ella nunca le dirá que le ama, Platera.


 


Reescrito por: Maruja Jiménez Galeote


 

domingo, 28 de enero de 2018

PLANTA SÉTIMA.



 
Implacable madrugada
que enmascara la guadaña
merodeando su víctima
sobre la séptima planta.
 
Sin noción de seguir viva
me alejaron de tu lado.
Sin un adiós, sin palabra…
Sí, amor, me habías dejado…
 
Dolor que el tiempo disfraza
bajo una tupida máscara…
Pretender seguir fingiendo…
¡Finjo bien! ¡No pasa nada!
 
Ya no me suena el teléfono
ni el sonido de tus pasos…
la llave en la cerradura…
tampoco cantan los pájaros
en la copa del magnolio
y de tu ausencia extrañados.
 
Aguardo amor tu regreso
junto al brocal de este pozo
de soledad y locura
de mi tristeza sin fondo,
agrupando los recuerdos
que golpean en mi alma
-en un tiempo sin retorno-
ya vacía por tu ausencia.
Amor, en la planta sétima.
 
Creado por: Maruja. J. Galeote.
 

martes, 16 de enero de 2018

YA ERA TARDE...




















Ya era tarde para volver atrás. Ahora ella estaba allí como cada día rodeada de todas aquellas ancianas y ancianos a los que no conocía de nada ni tampoco a las enfermeras de aquel tétrico lugar. Sentada en aquel extraño salón en penumbras, iluminado por un débil rayo de luz mortecina que se colaba por las rendijas del ventanuco que da a un patio interior, estrecho y sombrío, que envuelve las paredes con una capa de tupido musgo amarillento y sucio. Torpemente, introduce la mano en el bolsillo de la bata de franela y saca una fotografía color sepia, lapidada, en la que aparecen una joven pareja con dos niños de corta edad: el chico vestido de marinero y la chica con un traje de organdí bordado, y en la cabeza, un gran lazo que recoge los dorados cabellos rizados. Después de observarla un buen rato, ella intenta con todas sus fuerzas recordar quién son esas personas que aparecen en esa fotografía, y con la mirada perdida hacia ninguna parte la vuelve a guardar.  Intenta desesperadamente recomponer en su memoria los hechos que le sucedieron para encontrarse allí en aquel lugar perdido en medio de la nada,  donde no conocía a nadie ni donde nadie iba a visitarla, donde el tiempo fluía despacio como la miel de las colmenas que se derrama lentísima por el tronco de los árboles. Les tenía pánico a  aquellos deshumanizados seres de bata blanca que la obligaban a bañarse cada mañana nada más salir de la cama, y le inyectaban cada seis horas y que sin la más mínima compasión la forzaban a comer aquella papilla amarillenta y pastosa que sabía a medicamentos y que tanto le asqueaba. La anciana abre los ojos y en la penumbra de la estancia, distingue la puerta de la habitación entreabierta y una horrible lámpara que semeja una araña colgada del techo devuelve su siniestra sombra; sobre la mesita de noche, reposan unas diminutas gafa con montura de pasta oscura, un viejo libro con las cubiertas ajadas, un vaso con agua y unas pastillas... ¿Habrá alguien enfermo? Se pregunta extrañada. Estira el brazo izquierdo y su mano topa con el cuerpo de una persona... ¡Un hombre! Observa con atención sus rasgos faciales. Le suena vagamente. ¿Qué hará este hombre en mi cama? Ella a veces sabe vagamente que está ingresada en una residencia geriátrica, que allí conviven hombres y mujeres mayores como ella, piensa por un instante, que el hombre se habrá levantado de su cama medio dormido para ir al baño que se encuentra en el pasillo, y, al volver, se ha equivocado de habitación. A trancas y barrancas consigue levantarse de la cama con suma dificultad; en cuanto arrastra los pies un par de metros se da de bruces contra un cristal... "¿Quién eres tú?", pregunta al rostro ajado y ojos cansados que la observan desde el vidrio. Le responde un silencio atónito. Y entonces lentamente, se acerca a la ventana para despedirse de la luna, arrastrando los pies como si llevara toneladas de peso encima, después de un rato observando las miles de estrellas, vuelve a su lecho desolado. Toma  una de aquellas pastillas para intenta dormir y no desvelarse, así no tendrá que ver los fantasmas que se le presentan cada noche con el rostro desdibujado, los que de mañana se  esfuman y no dejan rastro en su frágil memoria. No podía aguantar por más tiempo en ese horrible lugar.
 No sabía ni cómo ni cuándo, pero alguna tarde de algún domingo se quedaría sola en el patio, olvidada, saldría a la carretera y cogería ese autobús, sí, ese autobús blanco y verde que pasaba cada tarde, lleno de niños y sin que nadie la viese marcharía a su casa. Esperó y esperó cada domingo sentada en aquel triste y húmedo patio  pero  ese ansiado día jamás llegó.