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viernes, 19 de mayo de 2023
UN ACTO DE COBARDIA
Cada día me miraba al espejo y me gustaba verme así: seductora, esbelta, resuelta. Me
daba seguridad y poder. Impresionaba tanto a los hombres, que me admiraban y
deseaban, como a las mujeres, que me envidiaban o me odiaban. Una de ellas era mi
amiga Marta Gutiérrez (que no sabría decir si me admiraba u odiaba).
Éramos amigas desde que estuvimos juntas primero en la guardería, luego en preescolar
y más tarde, en el instituto; siempre estuvimos juntas, no hacíamos nada la una sin la
otra, incluso nuestros padres eran íntimos amigos.
—Me gustaría ser como tú —me decía a menudo desde su metro cincuenta de estatura,
tras sus gafas de culo de vaso, su escasa melena y su cuerpo enclenque y mal formado.
—Podrías ir al gimnasio de vez en cuando y hacerte algunos arreglitos.
—Tú ya sabes que a mí el deporte y las clínicas de belleza me dan alergia — se
excusaba con una mueca simulando una triste sonrisa.
¡Éramos tan diferentes en todo!: físicamente, en gustos, aficiones… A ella no le
gustaba relacionarse mucho con la gente y cuando la llamaba para salir de fiesta siempre
ponía una excusa para no ir; en cambio, yo siempre fui el centro de atención de
cualquier reunión a la que asistíamos, “éramos como dos polos opuestos, la noche y el
día…
Ya hacía algunos años que no teníamos ningún contacto, desde que ella se fue a Sevilla
a estudiar Arquitectura. Me había llamado por teléfono varias veces, pero no le había
cogido la llamada; yo tenía otras amistades, otros grupos de amigos en los que ella no
tenía cabida.
Ese día me la encontré en Barcelona, junto a la parada del bus, por casualidad. Casi no
la reconozco, ¡había cambiado muchísimo!, y después de una breve conversación
quedamos para tomar una cerveza al día siguiente en la terraza de un bar del centro.
Es cierto que no teníamos nada en común, pero también que nos queríamos mucho a
pesar de todo, y pensé que teníamos muchas cosas que contarnos después de tanto
tiempo sin saber la una de la otra.
Era agradable volver a estar con ella, frente a frente, en aquel lugar, a esa hora de la
tarde cuando el sol se oculta sin prisa entre las copas de los árboles. Hablamos durante
bastante rato; una de las cosas que me dejó impresionada, entre otras muchas de las que
me contó, fue que ya hacía un año que había terminado la carrera de arquitectura con
unas notas magníficas, todas con notable, sobresaliente y algunas con matrícula de
honor, y que la habían contratado en la misma Universidad en la que había estudiado,
para impartir clases.
La calle se encontraba desbordada por el gentío: madres con niños de la mano, parejas
con bolsas de compra…, mientras yo la escuchaba absorta, a ella, que siempre fue tan
poquita cosa. De pronto, los transeúntes empezaron a gritar y a correr despavoridos
hacia nosotras. Una furgoneta blanca venía a toda velocidad por la avenida, subiéndose
por las aceras, arrollando a todo el que se cruzaba en su camino. Casi a nuestra altura
paró la maldita furgoneta y dos hombres vestidos de negro con gafas oscuras y un pasa-
montañas se bajaron de ella con unos cuchillos de grandes dimensiones en las manos.
Uno, el más alto, se abalanzó sobre una mujer que había caído al suelo y que intentaba
levantarse con suma dificultad, dispuesto a matarla. Yo quedé paralizada, aterrada, no
podía mover ni un solo músculo de mi cuerpo. Mi amiga Marta no se lo pensó ni un
segundo, se fue hacia él y, con la silla en la que estaba sentada, le propinó un fuerte
golpe en la espalda, lo que originó que el atacante se derrumbara, cayendo al suelo
desvanecido y desarmado. La intervención de Marta proporcionó tiempo suficiente a la
mujer para levantarse, y a otras muchas personas a salir corriendo y huir de aquel
maldito infierno. Marta, sin embargo, al encontrarse de espaldas no pudo ver al otro
hombre que, sin compasión, se arrojó sobre ella y le clavó el cuchillo varias veces,
dejándola inerte sobre el frío suelo.
¿Y qué hice yo mientras tanto? ¿Intenté ayudar a mi amiga? ¿Le planté cara al
terrorista?…
Jamás me perdonaré la reacción de cobardía que me invadió en esos momentos, que
primero me paralizó por completo y luego me impulsó a salir huyendo, dejando a Marta
malherida, rodeada por la multitud, sobre un gran charco de sangre.
Me paré un instante para detener mi huida. ¿Qué me estaba pasando, qué estaba
haciendo? Una voz interior que salía desde lo más profundo de mi corazón me decía que
volviese de nuevo a socorrerla. No la podía dejar allí tirada como un animal malherido.
Era mi amiga y yo la quería. Al llegar a su lado, pasé mi brazo por debajo de su cabeza
para incorporarla; al ver que era yo, en sus labios se dibujó una débil sonrisa, mientras
unas lágrimas resbalaban por sus mejillas.
Ella ya me había perdonado.
Maruja J Galeote.
1º premio de relato.C.E.P.E.R. Mayo de 2023

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