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viernes, 2 de octubre de 2020

ALCANZAR LAS NUBES

La parra del patio apenas dejaba pasar los rojos y anaranjados rayos del sol entre las amarillentas hojas, mustias ya por el prolongado estío de la tarde, en los últimos días del mes de septiembre. Una lagartija paseaba perezosa por la pared recién encalada de un blanco azulado. Con gran maestría e insistencia, sacaba su fina y larga lengua intentando cazar algún despistado insecto que se pusiese a su alcance. En un extremo del patio se encontraba mi madre, serena y silenciosa, como era habitual, haciendo honor a su carácter tranquilo y relajado. Sentada en su silla baja de aneas, observé sus blancas y arrugadas manos. ¡Cómo se afanaban con destreza por terminar el traje que debía entregar al día siguiente, tal y como había prometido! Recordaba en aquellos años, siendo aún muy joven, cómo se levantaba, recogía su hermoso pelo en un gracioso moño que ataba en la nuca, y se ponía el delantal de rayas blancas y negras con suma destreza, el cual anudaba con un airoso lazo alrededor de su estrecha cintura. Todo lo hacía con mucho cuidado y sin hacer el más mínimo ruido, casi a oscuras, para no despertar a los niños, que a esa hora temprana aún dormían. La noche anterior dejaba preparado el carbón dentro de la lata de caballa y lo encendía por la mañana para poder aliviar el enorme frío que hacía en la fábrica de aceitunas. Todas las mujeres, alineadas a ambos lados de la enorme cinta por donde pasaban las aceitunas de color verdinegro, a un ritmo, que las manos se movían sin tregua, con la mirada fija en el sinfín de la cinta. Iban rápidas, como el viento que hacía mover la techumbre de fina uralita que cubría el enorme tejado de la desolada nave. Las aceitunas estaban muy, muy frías, y sus pequeñas manos se quedaban congeladas. Era casi imposible poder moverlas con pericia, lo cual era necesario para poder seguir el ritmo de trabajo que les obligaban a mantener. El camino que recorría para ir a la factoría era largo y escarpado como un puzzle, con el frío presente todo el día, ya que las gastadas y deterioradas ropas que envolvían su débil cuerpo, abrigaban muy poco. Siempre la recuerdo trabajando para que no nos faltase de nada. Ella nunca se había quejado de la vida que le tocó vivir al quedar viuda siendo aún tan joven. Yo, deseaba ser algo más en la vida para poder elegir mi propio destino. La observaba mientras mi mente se encontraba intentando ordenar mis pensamientos, que cada vez eran más confusos y llenos de un gran temor. No saber el porqué de aquél silencio, cuál sería el motivo,… Me preguntaba angustiada: “¿Será que no superé las pruebas en el examen?” ¡Me sentía morir! Un escalofrío recorrió mi cuerpo sólo al pensar que podía ser cierto. Pertenecer al ejército siempre fue mi mayor aspiración. No ansiaba otra cosa con más vehemencia que ser militar, como lo había sido mi padre antes de morir a tan temprana edad. El aldabón de la puerta de la calle, en forma de mano, golpeó con fuerza una y otra vez, con gran insistencia, como si pensasen que en la casa no se encontraba nadie. A lo lejos, la voz aguardentosa del cartero: — ¡Pilar Martínez, Pilar Martínez! Repetía mi nombre una y otra vez fuerte y claro. Mi madre levantó sus pequeños ojos azules por encima de sus diminutas gafas, muy sorprendidos e intuyendo el mutismo en el que yo me encontraba. Gritó: — ¡¿Es que no has oído que te están llamando, criatura?!— Se le notaba un poco alterada al ver que yo no hacía el más mínimo gesto por levantarme de la silla. Al terminar de oír su reclamo, como movida por un resorte, di un salto y corrí hacia la puerta. Él estaba allí, con su uniforme gris, sus grandes gafas de pera oscuras, y su cartera, por donde se podían ver las cartas de todos los colores y tamaños. ¡No me lo podía creer! Al entregarme la carta, la cogí entre mis temblorosas manos y la apreté fuertemente contra mi pecho, temiendo que pudiese desaparecer de un momento a otro. Observé el alargado sobre blanco en el cual aún se podía oler la tinta azul con la que se hallaba escrito mi nombre; en un extremo, el icono de las Fuerzas Armadas Españolas. La guardé en el bolsillo de mi bata para poder leerla en el silencio de mi habitación. *** Ministerio de Defensa Comandante: Leopoldo Ramírez Madrid, a 16 de septiembre de 1989 Señora Pilar Martínez: Me complace hacerle llegar esta notificación para comunicarle, con toda satisfacción, que el pasado día 11 de junio superó con la máxima puntuación las pruebas de acceso para poder ser admitida en las Fuerzas Armadas. No existiendo ninguna objeción por parte del Ministerio de Defensa por el hecho de ser mujer, deberá presentarse el día 23 de enero a las 8:30 horas. No se retrase en llegar; la estarán esperando. Su destino: Escuela Nacional de Aeronáutica de Salamanca Un saludo, Comandante Ramírez *** Al despertar por los continuados ladridos de Roqui, me sentí fuera de la realidad, perturbada…, Una inmensa felicidad inundaba todo mi ser. “El día más feliz de mi vida”, me decía a mí misma una y otra vez, pues no creía que pudiera ser cierto. Había conseguido poder alcanzar mi mayor deseo. La puerta se abrió y mi madre entró presurosa. — Pilar, Pilar, ¡levántate, que ya es la hora! Me tiré de la cama y empecé a vestirme a toda prisa: ¡no quería llegar tarde a tan ansiada cita! En mi cabeza, un pensamiento: “Yo, sí podré ¡ALCANZAR LAS NUBES!”

4 comentarios:

  1. Muy bonito y entrañable relato, lo he disfrutado. Un placer volver a leerte.

    Un Abrazo.

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  2. Que envidia de pesadilla.
    Las mías dan miedo.

    Saludos.

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  3. A veces las nubes están tan cerca como el propio corazón

    Paz

    Isaac

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  4. Tu y las nubes es tambien una bella cancion ranchera del inolvidable Miguel Acebes Mejia.

    Gran post!!!

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