Seguidores

domingo, 24 de junio de 2012

LA CIUDAD ME CAMBIÓ

Recuerdo con toda nitidez cuando me marché a la ciudad a vivir con mi hija. La noche había sido muy larga: no había podido pegar ojo. Cuando sonó el despertador, estaba despierta ya que tenía una importante e ineludible cita con mi destino. Fui incapaz de desayunar: unas mariposas revoloteando en mi estómago me lo impedían.

Cerré la maleta. Antes de salir de casa me miré en el espejo y apenas me reconocí: su superficie plana y brillante me devolvió la imagen difuminada de  una mujer mayor, envejecida, con una pesada maleta en la mano y unos finos labios que simulaban una sonrisa. Salí al patio y pasé revista a aquel entorno en el que había sido algunas veces, tan feliz y otras, tan desgraciada. Eran los primeros días de otoño; todavía hacía calor, y el sol, aún veraniego,  parecía querer arroparme en tan duro trance.

Emprendí camino a la estación. El autobús era  arcaico y renqueaba.  Al fin me acercaba a mi destino tras largas horas de viaje. Pude ver el sol salir entre las altas montañas y el mar a lo lejos.

La ciudad me pareció sofocante: quizá mi atuendo no era el adecuado para un incipiente otoño. Estaba nerviosa y sorprendida y sentía miedo ante aquel mundo desconocido que irrumpía en mi vida sin pedir permiso.

Por las rendijas de la persiana entraba un tenue rayo de sol y un penetrante aroma a café recién hecho me despertó, sin sobresaltos, dando cuenta de donde me hallaba.   
—Mamá, el desayuno está en la mesa— escuché a mi hija que me llamaba desde la cocina, donde acudí presurosa. Nos sentamos una frente a otra. Ella me miró por encima de la taza y sus labios se desplegaron con una dulce y tierna sonrisa.

—Mañana empiezan las clases en el "Centro de Adultos". ¿Te gustaría asistir? Dicen que quedan pocas plazas para este curso; si quieres ir tienes que darte prisa en hacer la matricula. Creo que te hará bien: conocerás a otras mujeres de tu edad y podras adquirir nuevos conocimientos, para lo que nunca es demaciado tarde.

Empezaron las clases. La profesora pasó lista y se detuvo en mi nombre. Me puse de pie, como impulsada por un resorte. La mayoría de mis compañeras eran veteranas y estaban  expectantes  ante el debut de una de las novatas. Ellas eran urbanas y bastante “pijas”, lo que provocó en mí, pobre mujer rural, un enorme miedo escénico.

…Y sin apenas darme cuenta ya estábamos en el segundo trimestre. Una de las compañeras, Rosa, siempre  se sentaba  a mi lado y me daba ánimos para que no faltase a las clases ni un solo día. Y no falté,  incluso cuando me dolía mucho  la rodilla por la dichosa enfermedad de la artrosis. Rosa era alegre, divertida, tenía el pelo negro como el azabache y unos grandes ojos como una noche sin luna. En poco tiempo  se convirtió en una de mis mejores  amigas. Ella, nada más llegar me animó a inscribirme en algunas de las actividades que se impartían en el Centro.

Pensaba que vivir en la gran ciudad me agobiaría, que no me adaptaría a mi nueva vida, lejos de los animales y de los verdes campos. No fue así: me arreglaba, me ponía mis más lujosos vestidos, me maquillaba…

Me apunté para recibir clases de  informática. El primer día que asistí tardé más de una hora sólo en escribir mi nombre. ¡¡¡Eso ya es historia!!! Actualmente puedo chatear, acceder al correo, escribir mis propios relatos y publicarlos en mi blog…Además, me ofrecí al director del Centro de Mayores, para impartir un curso de iniciación de informática y otro de corte y confección, ya que yo de jovencita había aprendido el oficio de modista. Veía que era una forma de  poder ayudar a otras personas. También participé en las actividades del Taller de teatro  “Ingenio” el cual habían  creado un grupo de compañeras y amigas, y  al que yo me incorporé con gran ilusión. Cada tarde nos reuníamos para ensayar en el salón de actos. Pasábamos unas tardes asombrosas.

Cuando representábamos nuestras obras en otros colegios o en algunas residencias de la ciudad, lo hacíamos con la mera intención de hacer pasar un buen rato a otras personas mayores como nosotras, y ¡siempre se cumplía nuestro deseo!

Mi monótona vida se había quedado en la aldea, como también se quedaron mis buenos y menos buenos recuerdos.

Tengas la edad que tengas, recuerda: La vida es como una breve obra de teatro: canta para ser feliz, ríe cuando tengas ganas de llorar, y vive, vive, intensamente… antes  de que baje el telón y la función termine sin aplausos. 

IX CERTAMEN DE POESÍA Y REDACCIÓN
"Pemios Slvador Varo" 21-6-2012
1º premio de redacción. Maruja Jiménez Galeote

miércoles, 23 de mayo de 2012

ELLA ELIGIÓ VIVIR


Me asomé tras los trasparentes visillos de la ventana del salón y comprobé que a pesar del frío que hacía, lucía un sol radiante, un día magnífico. Caminé sin rumbo fijo  hasta llegar a la plaza del pueblo; los árboles desnudos cubrían de sol  los bancos de madera pintados de verde que rodean la plaza. Me acerqué a uno de ellos en el que se encontraba sentada una señora con la mirada perdida y cabello plateado como una noche de luna.
—Señora, ¿le molesta que me siente a su lado?— le pregunté tímidamente, sin dejar de  observar  aquella cara angelical que simbolizaba la tristeza.
—No, no me importa; así podre charlar un rato con usted.
Entablamos una conversación superficial, pero, poco a poco nos fuimos contando cosas muy profundas e íntimas. Con voz triste y afligida, Gloria, que así se llamaba la señora, me relató la dolorosa y triste historia que había vivido en el  pasado:
“Me casé con tan sólo diecisiete años. Los primeros años de relación con mi marido fueron maravillosos: todo eran halagos y atenciones hacia mí; no duró mucho al poco tiempo descubrí que le gustaba pegar; para él sólo era un juego. Pensé que con la llegada de nuestro hijo todo cambiaría para mí, aquel ser diminuto y frágil que tanta alegría aportó a mi desolada vida. Me equivoqué: fue a peor, se enfurecía por cualquier motivo. Poco a poco me fue anulando hasta conseguir apartarme de mis familiares y amigos. En la calle, delante de los demás, se comportaba de un modo natural; a veces era amable y hasta resultaba  divertido. Nadie  podía imaginar el malvado ser que se ocultaba en su interior. Todo en él cambiaba cuando volvíamos a casa: su contenida   rabia y maldad estallaba de forma incontrolada y brutal. Los golpes se sucedían cada vez con más frecuencia y virulencia. Sin ningún motivo, por todo: si llegaba tarde a casa, si me arreglaba…; si hablaba con alguien me ridiculizaba, mofándose de mis torpes palabras. Cada día, al oír el chirriar de la llave en la cerradura o al sentir sus enérgicos pasos por el largo pasillo, un sudor frío inundaba mi cuerpo. Empecé a tenerle mucho, mucho miedo. Me sentía atrapada, no sabía qué hacer ni adónde ir. Hasta que llegó el día fatal:
Me encontraba  tendiendo la ropa en la azotea y la suave brisa del mediodía acariciaba mi piel como el suave pelo de un gato. Los niños aún no habían vuelto del colegio. Todo se encontraba en silencio, roto por el vaivén de las sábanas y  el  leve  murmullo  que provenía de la calle. Las vistas desde allí eran impresionantes: el mar tenía un azul intenso, las pequeñas casas desprendían un blanco azulado que fortificaban la dorada arena de la playa. Una agradable sensación de libertad inundaba mi espíritu. ¡En qué pocas ocasiones me había sentido con tanta paz! Un penetrante olor a quemado me hizo volver a la realidad. Bajé corriendo las escaleras hasta la cocina. ¡Sí, sí se habían pegado las lentejas!! Pensé: las cambiaré de recipiente y abriré todas las ventanas para que salga el humo  antes de que él vuelva. No me dio tiempo. Entró en la cocina como una exhalación, cogiéndome por sorpresa; de un fuerte tirón arrancó la olla de mis temblorosas manos y las lentejas volaron  por toda la cocina. Un líquido caliente e incontrolado se deslizó por entre mis piernas. El pequeño charco en el suelo me hizo pensar lo peor. Con una mano me agarró del pelo y arrastró mi débil cuerpo por la fría solería, y con la otra empuñó el cuchillo del jamón y empezó  a apuñalarme, sin piedad.
En aquellos instantes sólo me angustiaba un pensamiento, una  idea, (sí señora): que llegaran los niños y me encontraran en aquel lamentable estado.¡¡No, no quería!! No quería que mis hijos me viesen como un perro atropellado en medio de la carretera.¡¡¡Morir!!!: ya no me importaba llevaba mucho tiempo muerta. ¡Sííí!: muerta  en vida. Mi torturado cuerpo quedó inmóvil sobre el frío suelo de cerámica de la cocina.
La tarde caía vertical, los rayos del sol pasaban a través de las rendijas de la ventana posándose sobre mi indefenso cuerpo. Desde la posición en que me encontraba podía distinguir un amplio canal rojo que se expandía con suma lentitud, me resultaba muy difícil respirar, me ahogaba en mi propia sangre. Intentaba una y otra vez moverme, sin conseguirlo; mi cuerpo no respondía. Sentía cómo los latidos de mi corazón se desvanecían poco a poco. Estaba terriblemente asustada. No notaba ningún dolor a pesar de las tremendas cuchilladas que había  recibido; sólo la boca seca y con un sabor amargo…No conseguía enlazar los pensamientos que se agolpaban en mi mente como un carrusel que gira y gira sin parar. Las lágrimas que resbalaban por el lateral de mi cara evitaban que pudiera ver con claridad; no conseguía ver de quién era el cuerpo que yacía  inerte a escasos centímetros de donde me encontraba. No con poco esfuerzo conseguí  reconocerlo: se trataba de él, de mi marido, que creyendo que yo había muerto, se había  suicidado. En aquellos momentos pensé que mi vida llegaba a su fin. ¡No quería morir de forma tan cruel e injusta y con tan sólo treinta años.
Me aferré a la vida y aguanté, aguanté por mis hijos. Me preguntaba y aún me pregunto sin encontrar respuesta,  por qué me odiaba tanto, por qué no me quería, por qué me deseaba la muerte… ¡A mí, que tanto lo quise!...”

Cuando me dirigía hacia mi casa, abatida, después de escuchar esa escalofriante revelación, rememoré una dolorosa etapa de mi vida pasada, ya casi olvidada. No podía ver el camino y me quité las gafas para limpiar los vidrios empañados por unas incontrolables lágrimas que emergían de mis cansados ojos.
Ella tuvo dos opciones: vivir o morir. ¡¡¡Ella eligió vivir!!!
2º PREMIO DEL XVIII  CERTAMEN LITERARIO 2012.



sábado, 21 de abril de 2012

NO CONSIGO OLVIDAR




 Después de algunos años
yo ya no soy la que era
mi cuerpo pasa factura
 y no lo puedo cambiar.

Son como surcos en piedra
que no se pueden borrar,
deberían ser en tierra
o en esa arena del mar.

Siento aquel amor lejano
aquél que no volvió más,
y mi cuerpo se estremece
cuando lo veo franquear.

Trazo mis sentimientos
caminando sin parar
he recorrido el sendero
 y no consigo olvidar.

Como queriendo cavar
la huella de mi pasado.
¡Tengo que volverte amar!
                                           

viernes, 9 de marzo de 2012

INCENDIO EN LA COCINA



Era una mañana de sábado muy parecida a la de otro sábado cualquiera. El sol lucía esplendoroso a esa hora del mediodía. En una silla de la cocina, donde me encontraba sentada,  podía ver la ropa blanca colgada del tendedero y deleitarme con su  perfumado y agradable olor a limpio.
Todo estaba preparado: el pollo en salsa, las almejas al vapor y la ensalada. La mesa luce los platos y los cubiertos de los días festivos. Todo está  listo, solo freír las patatas, antes de que ellos lleguen, así que puse la sartén en el fuego y accioné el extractor. Sentí  la apremiante necesidad de ir al baño; al salir, me asomé a la habitación donde se encuentra el ordenador y me fijé en la pequeña pantalla. El profesor de Escritura Creativa me había mandado un mensaje que estaba esperando desde hacía unos días, era referente al libro que pensamos publicar.
Me encontraba absorta en la lectura cuando entró por la puerta un fuerte olor a madera quemada y un denso humo negro que me sobresaltó. Grité aterrada, no sabía lo que estaba pasando en la cocina.
— ¡Cani, Cani! Grité aterrada muerta de miedo.  No sabía dónde se encontraba mi marido.
—¡¡¡Rápido, Rápido!!! Grité.
—Algo se está quemando, coge el extintor.
Mi marido, al otro lado de la cocina, intentaba poner en marcha el extintor para aplacar el fuego pero hacía años que no se había revisado, así que no funcionó. Las llamas se habían apoderado de mi cocina; desesperada, intenté apagarlo. Fui al baño, cogí una toalla de las más grandes y la lance con fuerza, intentando apagar aquellas terribles llamaradas. No lo conseguí, el fuego se reavivó con más virulencia. El denso humo no me dejaba respirar.
Me encontraba fuera de mí: lloraba, gritaba, estaba muy asustada. El fuego reventó el techo de escayola y los cables del  extractor parecían los fuegos artificiales de una noche de Fin de Año.
Mi hija y mis dos nietas se encontraban al otro lado de la puerta de entrada muy asustadas, mis nietas lloraban y mi hija pulsaba el timbre con impaciencia, golpeando la puerta, pues no sabían qué nos estaba pasando. Solo veían salir el negro humo por las rendijas y el fuerte olor a quemado. No podía creer lo que esteba sucediendo; sentía que estaba viviendo una terrible pesadilla, de esas de las que quieres despertar para comprobar que no es cierto lo que te está pasando.
 No sé,  si fue la Divina Providencia o mis desesperadas plegarias las que hicieron que tropezara con el cubo de la fregona que se encontraba lleno de agua al lado de la puerta de la cocina. Lo cogí con todas mis fuerzas y lo alcé sobre aquellas malditas llamas que pretendían devorar mi casa.





miércoles, 14 de diciembre de 2011

SOBRE UN BORRICO



Sobre un borrico caminan,
La virgen y san José
El niño va acurrucado,
En los brazos de José.

Sécate  la zambomba,
Y toca la melodía que,
Ha  llegado el niño Dios,
Para ser nuestro Mesías.

Prepara ya la candela,
Pon la sartén en el fuego
Que el niño viene llorando,
A orillas del arroyuelo.

Toca ya   la pandereta,
Tócala con alegría.
Que ha nacido  el Redentor
 Con el amor de María.

Sécate  la zambomba,
Y toca la melodía que,
Ha  llegado el niño Dios,
Para ser nuestro Mesías.
                                                      
Villancico: Creado por Maruja





domingo, 4 de diciembre de 2011

UNO DE ESOS DÍAS…

Hoy, al cruzar la calle para ir al mercado, un coche ha pisado un enorme charco y me ha puesto empapada, como una sopa. Al llegar a casa y abrir la bolsa he comprobado que me han dado las patatas podridas y el pescado para tirarlo.
No sabía qué hacer, he puesto unas judías verdes a cocer. Me he sentado delante del ordenador y se han quemado…he tenido que tirar la cacerola!
Me he mirado al espejo, y me he dicho. “No es que sea mayor.”¡¡¡No!!!, Tengo unas tremendas ojeras, el pelo de mi cabeza brilla por su ausencia, un amplio canal  blanco se abre en el centro de ella.
Hoy no ha sonado el teléfono ni una sola vez, ni siquiera la señorita de telefónica que siempre llama a la hora de la siesta. Son las ocho de la tarde y aún no me he quitado el pijama. “No es que sea mayor”. ¡¡¡No!!!. Hoy es uno de esos días que hubiese sido mejor no haberse levantado…
Creado por: Maruja.

domingo, 20 de noviembre de 2011

EL AMIGO IMAGINARIO

Cuando tenía diez años, recuerdo con tristeza no haber tenido muchos amigos, así que me inventé un amigo que siempre estaba a mi lado, jugábamos, reíamos y subíamos a la casita del árbol que había en el jardín. Al darse cuenta mis padres de este grave problema, decidieron  llevarme a un psicólogo.
Recuerdo que a mi amigo no le gustó el psicólogo, y a mí me dio mucho miedo: era muy alto, delgado, con poco pelo y gafas oscuras.
El psicólogo me preguntó.
— ¿Por qué hablas a solas?
—Yo, no estoy solo. Bien, bien, — ¿Con quién hablas?
—Con mi amigo. Y. ¿Dónde está tu amigo?
—Justo detrás de usted.
El psicólogo miró detrás de él, y dijo:
—Yo no veo a nadie.
Esto hizo enojar a mi amigo. No le gustó lo que había dicho, y se puso muy furioso
La semana siguiente llaman a casa, para decirle a mi madre que habían encontrado al  doctor tirado en el suelo de la consulta desangrado. Alguien lo había asesinado cortándole la lengua.
Pocos días después de este trágico suceso,  mi  amigo desapareció de mi vida para siempre.
Creado por: Maruja.

lunes, 7 de noviembre de 2011

DÍA DE FIESTA

Esta mañana, siete de Octubre, el paseo marítimo de Salobreña es un ir y venir de carretas engalanadas con flores y volantes de lunares verdes, rojos, amarillos…hoy es el día de la virgen del Rosario.
Delante de donde me encuentro, se ha parado una de las carrozas. En la parte trasera lleva atado un pequeño y desvalido perro, que muestra signos de desnutrición y agotamiento; le sangran las patas traseras, saca una y otra vez la lengua como una seca y rasposa cuerda de esparto. El alma se me ha encogido ante semejante escena; miro a mi alrededor y no veo a ningún policía, para poder denunciar un hecho tan triste y denigrante. No sé qué hacer, semejante hecho me ha amargado el día. Y se me han quitado las ganas de fiesta. Me armo de valor y sin pensarlo dos veces, me dirijo al hombre de largas barbas, que corta jamón en la carroza rodeado de moscas. Muy  indignada y conteniendo mi  rabia, le digo mostrando toda mi ira:
—Podría soltar al pobre perro, y  atar la pata del jamón a la cuerda y así poder pasear las moscas…¡¡

sábado, 5 de noviembre de 2011

MIGUELITO Y LA MARIPOSA

Era una tarde del mes de Marzo." Ha llegado la primavera." En el monte empiezan a florecer los romeros, lavanda, zahareña, manzanilla… Todas las plantas en general. La vida en el campo surge con alegría.
Miguelito salió de paseo con sus padres por el parque. Estaba todo lleno de rosales y flores que brotan de mil colores.
Miguelito se paro delante de un rosal y mirando muy atento, le dijo a su padre:
-Papá,  papá. Mira lo que hay parada en esa flor, es una mariposa, cógela papá yo la quiero.
Su padre sin pensarlo, se acerco al rosal y cogiendo la mariposa por las alas, se la entregó al niño que siguió sujetándola por las alas, la miraba y miraba sin descanso. Era preciosa, tenía unos colores vivos, se confundían con las rosas.
 Miguelito cuando se canso de mirarla la soltó para que volara pero la mariposa cayó al suelo, ya no podía volar, su manto aterciopelado que cubría sus alas se había quedado en los dedos del niño y la mariposa ya no pudo volar.
Con toda su inocencia él la había matado.
 Creado por Pilar Martínez.

lunes, 24 de octubre de 2011

¡UNA AMIGA!


¡¡Es mi amiga. Esa persona que escucha mis palabras en silencio,
mis alegrías, mis llantos, mis risas y desalientos.
A veces no basta toda una vida para encontrar una verdadera amiga.
Otras, en cambio, basta un segundo, un cruce de palabras y
sabes que hallaste lo más importante. Una amiga.
Esa que me invita a salir cuando nadie lo hace.
Ella que con sólo mirarme se percata de mi infelicidad,
me riñe, me aconseja, me consuela…
A la que sin miedo, puedo contarle mis mas íntimos secretos y sentimientos más ocultos a ser traicionada.
 Ahí está ella, siempre dispuesta, a pesar de las distancias. ¡¡Es mi amiga.



jueves, 6 de octubre de 2011

SIN SALIDA

Cada día  nos encontramos con alguno de ellos, no sé como se llaman, hay muchos como él, que pasan por nuestro lado, con las manos hundidas en lo más profundo de sus bolsillos, en silencio. Sombras difusas  que no queremos reconocer. Alguna vez, no nos paramos  a pensar  que ese  hombre, en otra etapa de su vida anterior fue un niño feliz: tuvo padres, hermanos, amigos, que en algún lugar formó su propia familia. Un día inesperado, se vio inmerso en un callejón sin salida, atrapado en el tétrico mundo del “paro” que cayó sobre él, como la fuerte y oscura tormenta  que todo lo asola y destruye sin piedad.
Su familia se rompió y todo cambió  para él, le llegó el día de tener que dormir bajo un techo de negras nubes y sobre una cama de sucios cartones mojados por la lluvia. La calle deja  la dura huella sobre su torturado y maltrecho cuerpo, suciedad, moratones, cicatrices... En el cuerpo y en el alma, con la  mirada rasgada que expresa un solo deseo, una idea que lo acosa sin tregua, día y noche.  Llevar a su garganta un buen trago de vino barato.
Mañana puedes ser tú, o quizás yo. La vida  es como un carrusel que gira y gira sin parar.


domingo, 18 de septiembre de 2011

LA MODISTA EN CASA


Por supuesto, sobra decir, no era necesario ningún evento especial para contratar una modista, solo tenías que llamarla por teléfono o verla coser en otra casa para que viniese a la tuya a confeccionar los vestidos, cortinas, faldas… incluso forrar los sofás, ya deteriorados por el paso del tiempo.


En la fecha acordada, un día de la semana la modista llegaba a casa de la clienta donde era recibida con gran entusiasmo y satisfacción; había llegado el día que tocaba coser. La máquina estaba preparada: las telas sobre la mesa, al lado del costurero; durante toda la jornada ella se dedicaba a medir, cortar, hilvanar, pespuntear…


martes, 26 de julio de 2011

DONDE ESTÁ MI MADRE

                                                   

Recuerdo a mi madre, joven, alegre, divertida con la piel tersa y sin arrugas, siempre dispuesta a ayudar a los demás, sin esperar nada a cambio. De pequeña, cada mañana, me ayudaba a atarme los cordones de los zapatos para ir al colegio. Al llegar la noche, me llevaba a la cama en sus brazos, y con infinita ternura, unía mis pequeñas manos para enseñarme a rezar.

¿Dónde está mi madre? Mi madre ha perdido la cabeza, ha perdido la capacidad de pensar, contempla un mundo que no logra comprender, se han borrado sus recuerdos e ilusiones, hasta los pensamientos más cercanos no tienen cabida en su mente. Se encuentra perdida y desorientada e inmersa en un espacio oscuro y desconocido…


Guarda sus pequeñas cosas, en lugares extraños que no puede encontrar, no los quiere perder, son sus tesoros más queridos; sabe que si los perdiese, se les escaparían aun más sus recuerdos, los que ella intenta retener con todas sus fuerzas. A veces grita, desesperada y aterrada pidiéndome las cosas que dice que yo le he robado.


¿Qué le puede quedar así a mi madre? Sólo le queda una parte de vida que aun recuerda en lo más profundo de su mente. Ahora ella cree que yo soy su madre. Cada mañana al asearla, me pregunta entre murmullos prolongados, una y otra vez:


—¿Ya es la hora de ir al colegio? ¿Vendrá papá a cenar después del trabajo? Me pregunta, alisando con los dedos sus blancos y débiles cabellos. A veces canturrea una canción con una letra sin sentido…


—¿Que canción cantas mamá? —Una mueca sale de sus finos labios, y dirige su mirada al infinito como si la pregunta no fuese con ella.


Vuelve a estar en silencio, sentada en la butaca con la toquilla de ganchillo envolviendo sus redondeados y encorvados hombros. Sus escuálidas piernas tiemblan bajo la manta de cuadros, las gafas cuelgan sobre sus pálidas mejillas, y ojea una vieja revista que contiene espectaculares fotografías, letras parejas alineadas, que no alcanza a comprender, a las que no les encuentra ningún sentido, por más que lo intenta.


¿Dónde está mi madre? Intento comprender cada día esta locura sin razón y no puedo conseguirlo, finjo que todo es como antes, no es verdad, sufro y me desespero hasta la saciedad, a pesar de que nunca volverá de su silencio y oscuridad. Esta vida de locura dentro de esta demencia que nos está matando… Mi madre está aterrorizada y desesperada, ella no sabe quién soy yo; ya nunca lo sabrá.


 CERTAMEN DE POESÍA Y REDACCIÓN "Salvador Varo"
1º premio de redacción. Maruja Jiménez Galeote

sábado, 21 de mayo de 2011

AL FINAL DEL CAMINO

 CERTAMEN DE RELATOS DE ADULTOS --2º PREMIO DEL 2O11

Al final de la escalinata sujetando la puerta me espera una moja con gafas de culo de vaso que cariñosamente me invita a pasar al salón. Todos permanecen sentados en la amplia sala, unos frente a otros sin ni siquiera mirarse: unos duermen y otros  mantienen los ojos cerrados, aletargados. La tele está encendida, nadie la mira ni parecen escucharla.
No sé si con el tiempo me acostumbraré a esta forma de vida, a la dejadez que reina en este lugar tan desarraigado... Pienso si conseguiré algún día sentirme como en mi propia casa.
Desde la posición en que me encuentro he observado la imagen difuminada  de una señora elegantemente vestida y bien peinada, está sentada en un sillón marrón a un lado del salón.
Muy decidido y sin reparo, me he acercado a ella para poder charlar un rato. Sí, allí estaba ella; sentada, serena y tranquila, con un libro sobre su falda de raso blanco, acariciando la portada con suaves movimientos como si se tratase, de un frágil bebé desvalido..
—Hola, señora.
No me contesta. Levantando el tono de voz, la vuelvo a saludar: “Buenos días”,  y en ese mismo instante responde con voz suave.
—Buenos días, señor; perdone que no la haya oído llegar, estoy un poco sorda y ciega intenta disculparse, girando la cabeza hacia donde me encuentro—. Es muy triste el no poder ver, no consigo acostumbrarme a esta vida de silencio y oscuridad. Hace unos cinco años me quedé totalmente ciega después de una larga y penosa enfermedad, que fue deteriorando mi cuerpo aún joven. . Pensé: “Para qué tendrá el libro, si no lo puede leer?”. Con el tiempo comprendí la razón y el por qué… 
Al día siguiente, después de desayunar, fuí presuroso para ver si la encontraba en el mismo lugar. Me sentía como un adolescente que  tiene su primera cita.  —¿Desea que le lea un poco? —le susurré tímidamente, observando aquella cara angelical.
Conversamos durante mucho tiempo, hasta la hora del almuerzo. Hablamos de cosas de nuestra vida pasada.
Yo, de pequeño, vivía en un cortijo, lejos de la ciudad; así que no podía asistir al colegio del pueblo, el más cercano se encontraba a cinco kilómetros de distancia. Con gran esfuerzo tuve que aprender a leer sólo y a escondidas, con la ayuda de las novelas del “oeste” de mi padre. Las guardaba en una vieja vitrina cerrada con llave, lo cual no era un problema para mí pues conocía muy bien el escondite. Teníamos prohibido que ninguno de mis hermanos cogiésemos aquellas viejas novelas. Decía, que las podíamos romper o estropear.
Ella había ejercido de maestra en su pueblo natal. No tuvo mucha suerte la pobre. Al poco tiempo de casarse se quedó viuda, con tres niños muy pequeños; nadie la ayudó, ni siquiera su familia más cercana. Sin secretos ni tapujos, le fui contando cómo me  quedé viudo muy joven y las tristezas y miserias que pasé para conseguir sacar la casa adelante y criar a los hijos.
Lo cierto es que me han asignado una pequeña habitación al final del pasillo. Las cortinas son blancas, de una tela desgajada y poco rizada; las dos camas que la ocupan, muy estrechas, pegadas a la pared, cubiertas con unas colchas de flores difuminadas de un color sucio. Espero que al darme la vuelta no me caiga de ella, ya que desde hace mucho tiempo  he dormido sólo en la de matrimonio. Además tendré que compartir la habitación. ¿Cómo será él? Creo que es un señor que ha entrado esta mañana después de llegar yo. Está un poco gordo, desaliñado… Espero que nos llevemos bien, yo soy muy sociable.
No he pegado ojo en toda la noche por el ir y venir gentes por el largo pasillo y por los fuertes ronquidos del compañero. Creo que es asmático por la forma de respirar. A media noche he sentido unas ganas tremendas de ir al baño, pero no encontraba el interruptor de la lamparita para encender la luz, así que he estado aguantando hasta que han empezado a entrar los rayos del  sol por las rendijas de la persiana, y me he podido ubicar y encontrar la puerta. 
Muy despacio y sin hacer ruido para no despertarlo, he estirado la ropa de la cama. No estoy acostumbrado a salir del cuarto sin ese ritual diario. Me he aseado cuidadosamente. Después, cogido a la barandilla y tanteando uno a uno cada  escalón, he bajado despacio las escaleras hasta llegar al comedor. Tengo mucho miedo a caerme.
Desde la puerta del comedor he observado a un señor muy  mayor. ¿Tendrá más de noventa años?  Está sentado con la pelliza puesta, la gorra metida hasta las orejas y unos pelos largos y canosos que exhibe por debajo de ella. Una lágrima incontrolada resbala por su arrugada mejilla; la intenta apartar con la mano un poco temblorosa, debido a una cruel enfermedad; en un gran tazón de leche, moja una dura magdalena sobre la que se afana en soplar una y otra vez;  debe estar muy caliente.
Al salir al jardín, el aire fresco me ha roz ado la piel como el suave pelo de un gato, una sensación de libertad ha invadido mi espíritu. Los árboles mecen las hojas como bailarinas de un mágico ballet,  los  pájaros con sus trinos ponen la suave sinfonía de una balada inacabable y los anaranjados rayos del sol resaltan el dorado albero del camino.
Espero cada día con impaciencia la hora de reunirme con ella en el jardín. He vuelto a enamorarme perdidamente como un adolescente. He podido vivir la emoción del primer amor. Ella verá a través de mis ojos y yo seré feliz por tenerla a mi lado al final del camino…

sábado, 14 de mayo de 2011

CUANDO SE MARCHITAN LAS FLORES

 SALVADOR VARO 2011 --- 3º PREMIO DE REDACCIÓN.
Parecía que el tiempo no había pasado; sí, hacia diez largos años que mí querido Juan me había dejado para siempre. No quería pensar, me ahogaba la tristeza cuando sentía dentro de mi alma la falta de su cariño y compañía. A pesar de ello me sentía bien, me había acostumbrado a vivir en soledad.
Tenía las flores y los cuatro pájaros que él dejó, ellos me hacían sentirme menos sola, me tenían ocupada casi todo el día, y conseguían que fueran menos tristes y llevaderos los largos días de invierno.

No salía mucho de casa, no tenía necesidad, pasaba el tiempo de aquí para allá, sólo  por las mañanas para ir a misa de ocho y comprar el pan en la tienda de Benita que estaba en la otra esquina de la calle; así podía charlar un rato con las vecinas de lo que acontecía en el barrio y enterarme de algún que otro cotilleo.
Uno de los domingos que vinieron mi hijo y mi nuera a visitarme, y estando yo en la cocina, los oí cuchichear entre ellos. Cuando llegué al salón, mi hijo dijo en voz baja y un poco  temblorosa:
—Mamá, hemos pensado…que deberías rellenar los papeles para poder  ingresar en una residencia.
 — ¿Qué te parece? —dijo mi hijo dirigiendo su mirada hacia mí esperando una respuesta.

No contesté, sólo asentí, con una mueca de tristeza que me surgió del alma.
—Allí estarás más acompañada— manifestó mi nuera intentando justificarse, apretando el bolso sobre la falda. ¡¡No se le fuese a escapar!!
Ya estaba todo decidido, y yo,  no podía hacer nada para impedirlo.
Aquella mañana dejé los pájaros a mi vecina y regué las plantas para que  no se  secasen, ¡Qué ilusa! Aún creía que algún día volvería otra vez a mi casa.
La fachada de la residencia tenía aspecto diabólico. La calle se hallaba abarrotada de coches, ni un solo hueco libre para poder aparcar. Mi nuera se tuvo que subir a la acera para que yo pudiese bajar la
 maleta. Antes de volver a poner el coche en marcha bajo la ventanilla, dijo: 
—El domingo venimos a verte—y arrancó el coche como alma que lleve el diablo…
Al principio me encontraba mal, no conocía a nadie, echaba de menos mi casa, los pájaros y mis plantas. Pasé muchas noches si poder dormir pensando en ellos, así que aquella mañana llamé a mi hijo y le dije que quería volver a mi casa, a lo que él me respondió con evasivas.
—Cuando vaya el próximo día te llevaré un ordenador— ¡qué estupidez!, para  que quiero yo ese  extraño aparato, no sé, cómo funcionaba ni para que sirve…
No fue tan difícil, gracias a Carlos, un chico alegre y desinteresado que acababa de terminar sus estudios de informático, que generosamente y sin ningún ánimo de lucro se había comprometido con el director de la residencia  a enseñarnos a manejar aquel extraño aparato. Nunca podré agradecerle su paciencia y tesón con que nos trató, en todo momento a cada uno de nosotros. Me equivoqué al pensar que nunca aprendería a utilizar un ordenador. En poco tiempo aprendí a escribir textos,
 mandar correos, chatear… hice  infinidad de amigos muy importantes para mí, entre ellos uno muy “especial” que me hacía reír, soñar y sentirme viva como hacía mucho que no me había sentido desde que el amor de mi vida me dejó para siempre. Mi amigo especial, Javier, que así se llamaba, un día me mandó un mensaje inesperado y maravilloso. Las lágrimas no me dejaban ver lo que estaba leyendo, las letras se juntaban unas con otras como en un baile sin fin. Me quedé atónita, al leer aquellas pocas palabras que encerraban tanto significado para mí. ¡¡Me amaba!! No podía vivir sin tenerme a su lado. Sería posible que mi desdichada vida pudiese cambiar tanto gracias al ordenador?…


viernes, 6 de mayo de 2011

DÍA DE LAS MADRES

Madre hoy es tu día, un día muy especial en el que quisiera tenerte a mi lado para contemplar tu dulce mirada bajo los dorados rayos del sol de Mayo.
Madre quisiera decirte que tu presencia perdura en mí cada día. Te recuerdo fuerte como una roca y frágil como la flor que se deshoja en primavera. Madre, te recuerdo como una reina en la tierra sobre un pedestal  de flores de lindos colores. Madre, estás en mí corazón como el sol en la alborada.
Gracias a ti madre por llevarme dentro de tu ser, por las largas noches velando mis sueños, por el pan que me diste y no comiste. Tú madre, que guiaste mis pasos por el camino tortuoso de la vida sin esperar nada a cambio, nada, nada,¡¡Sólo amor!!

domingo, 1 de mayo de 2011

EL SEÑORITO MENDIGO

Cada tarde, cuando el sol se oculta tras el horizonte salgo a pasear con mi padre. Son paseos cortos, sus piernas no aguantan su pesado cuerpo y tiene que apoyarse sobre un bastón. Él conoce a mucha gente, sobre todo a personas que ya peinan canas con las que suele pararse para conversar.
Ayer se paró con un hombre muy mal trajeado y maloliente, portaba una bolsa mugrienta por la que asomaba un envase de un vino barato. Me llamó la atención sus manos con las uñas muy largas y ennegrecidas. Me preguntaba una y otra vez, como es posible tener unas uñas tan negras. ¿Es que nunca se las había lavado?
— ¿Sabes quién es? Preguntó mi padre al alejarnos para que no pudiese oírnos.
—Es, el señorito Andrés, el de la casa grande, el que tenía tantos criados y caballos, ese que comentaba todo el pueblo, que salía al atardecer y volvía con el alba. 
—No lo sé, no lo recuerdo. Respondí encogiendo los hombros.
—Dicen que le dio por jugar a las cartas, eso lo llevó a la ruina; ahora vive en la calle y duerme sobre unos cartones. No tiene ni un triste bocado de pan para llevarse a la boca. 
Me quedé ensimismado, perdido en los laberintos de mi memoria y recordé que alguna vez de pequeño pensé: cuando sea mayor me gustaría ser como él, guapo, elegante con el pelo engominado y negro como el azabache.
 ¡¡¡Señor!!! Como es la vida. Ya no queda nada de aquel hombre brillante, poderoso y atractivo que con su aspecto y simpatía se llevaba a todas “las chicas de calle”. Ya, no queda nada de él. Sólo unas sucias manos que portan una bolsa mugrienta…

domingo, 24 de abril de 2011

EL SECUESTRO


Sobre la mesa de la terraza del bar una copa de vino color rojizo como la sangre. Mis labios han rozado sutilmente el frío borde  de la copa, y he sentido en mí interior el caos de una noche negra de tormenta. El olor a tierra mojada, me ha traído recuerdos lejanos de otra época de nuestra vida; sus chistes, sus bromas, todo me alegraba. Lo que ha  sucedido entre nosotros, hoy no tiene mayor importancia. Discutimos por una sandez. Sólo  ha sido un mal entendido por mi parte. Cuando vuelva le pediré disculpas y todo se aclarará. De la mesa de al lado, llega a mis oídos parte de una conversación intrigante. Algo inaudito, aterrador…
—El secuestro será mañana a la hora del recreo—Ordena el hombre de pelo largo y rizado a su interlocutor.
—No puedo hacerlo.
—Sí, si que puedes, y lo harás. No hay vuelta atrás.
—Llevará un chándal azul y una mochila de rayas.
—¡¡No!! No podré, es solo un niño.
Desde mi altozano un diálogo pillado al azar, se  ha originado este increíble y aterrador suceso. ¿¡¡ Que puedo hacer!!?...
 

miércoles, 13 de abril de 2011

EL BLOSO DE LA ABUELA

 Subí al desván a buscar algunas cosillas para poder disfrazarme para la fiesta de mayores que hacen cada año por Navidad. Al abrir el viejo baúl, lo primero que ví fue el  bolso de flores con asas de madera  que tantas veces había visto llevar a mi abuela. Los recuerdos de la infancia se habían instalado en mi mente por unos instantes.
—Levanta cariño, vamos a casa de la abuela — susurró mi madre con voz suave…
Cada año desde que murió el abuelo íbamos al pueblo a recogerla para que pasara con nosotros esos días tan señalados.
Al salir a la calle el frío de la mañana me hizo estremecer. Subí rápidamente al coche y me enrosqué en el asiento trasero como un pequeño ovillo peludo, cerré los ojos y me quedé adormilada durante todo el trayecto.
La abuela nos estaba esperando en la puerta. Estaba muy guapa. El día anterior le habían hecho la permanente y quitado los pelos de las piernas.
Yo observaba sus lentos movimientos desde la puerta del dormitorio. Del viejo  armario sacó un bolso de flores difuminadas con asas de madera oscura: metió en él unas enormes bragas blancas de cuello vuelto y una bolsa de plástico, en la que fue metiendo algunas medicinas.   
La abuela dormitaba en el asiento delantero al lado de mi madre, con sus arrugadas manos apretaba el bolso de flores, como si de una reliquia se tratase. Yo no podía estar quieta, subía y bajaba del asiento continuamente…
— ¿Quieres un poco de turrón? ¡¡¡ A ver, si te calmas de una vez!!!
En ese mismo instante mi abuela volvió al mundo de los vivos…
—Yo también quiero un trozo—reclamó, con voz soñolienta.
De pronto: ¡¡Maldición!! El grito de la abuela retumbó como un trueno en mitad de la noche. Al ver a mi abuela con la dentadura en la mano partida en dos, una risa histérica y descontrolada  se apoderó de mí. No podía parar de reír, no podía, por más que lo intentaba. La abuela comenzó a llorar desconsolada, y mi madre, se enfadó mucho por mi mal comportamiento.
Han pasado los años y aún no puedo evitar una triste sonrisa al recordarlo. Solo que ahora lo veo de forma diferente: no quisiera ni por un momento que eso mismo me pudiese pasar a mí…