viernes, 3 de mayo de 2013

RECUERDOS…


       Recuerdo con toda nitidez cuando  trasladaron a mi padre por asuntos de trabajo desde Madrid al Puerto de Motril. Era el año 1971. Por aquel entonces yo tenía diez años y mi hermano ocho. El viaje hacia Motril, tanto a  mi hermano como a mí,  se nos hizo muy largo y pesado. Parte del trayecto lo pasamos vomitando y preguntado a mi madre:
— Mamá, mamá, ¿falta mucho para llegar? A lo que ella respondía con una sonrisa de esperanza consoladora.
A mi madre no le satisfacía la idea de tener que vivir el resto de su vida en una ciudad de provincias. Ella tuvo que dejar su trabajo como dependienta en una zapatería muy importante llamada “Zegarra”, pero asintió sin rechistar. Siempre lo hacía. Toda su vida  había vivido en Madrid donde se hallaba toda su familia, pero ante la decisión de mi padre poco podía hacer.
Al girar el coche en una de las miles de curvas que existían en aquellos años en la carretera  que conducía desde Granada a Motril, pude atisbar cómo brillaba  el  sol al salir tras las altas montañas, con sus dorados y anaranjados rayos.  A lo lejos se distinguía el mar, inmenso y azul, de un azul centelleante que se expandía  ante  mis ojos. ¡Nunca lo tuve tan cerca! No pude evitar sorprenderme ante tanta belleza. Yo,  que a mis diez años, sólo conocía gigantescos bloques de hormigón e infinidad de coches circulando por el asfalto.
A mi padre,  por el cargo que le tocó desempeñar en esta empresa portuaria,  le concedieron una pequeña casa cerca del puerto. Todas eran de color blanco azulado, de dos plantas,  alineadas unas con otras, con un agraciado jardincito en la entrada y en la parte trasera un pequeño huerto donde mi madre, al poco tiempo de  instalarnos plantó tomates, cebollas y otras hortalizas para nuestro propio consumo.
Mi dormitorio se encontraba en la parte alta;  mi madre así lo había decidido para que, al estar más aislada del resto de la casa,  pudiese concentrarme y estudiar con facilidad. Desde la ventana podía ver el puerto: ¡estaba tan cerca que casi podía tocarlo! En aquella época sólo atracaban pequeños veleros, barcas de pesca y algunos barcos de mercancías, muy grandes, que transportaban gabazo, trigo, madera… El gabazo, nada más descargado, era transportado a la fábrica de la “Celulosa” para elaborar la pasta de papel. La actividad en aquella época era constante: no dejaba de funcionar ni de noche ni de día.  Cuando atracaba uno de esos grandes barcos en el puerto, me gustaba observar cómo  los estibadores iban de un lado a otro en pleno verano, con el torso al descubierto. Los bares cercanos al puerto se llenaban de jóvenes trabajadores a la hora de la comida, y un olor a mar y a  sardinas asadas inundaba el ambiente. Desde mi ventana también podía distinguir en la lejanía un gran vergel verde de cañas de azúcar, aguacates, chirimoyas… Y en lo más alto del pueblo, el Santuario de la “Virgen de la Cabeza”: hermoso, muy hermoso, desafiante ante mis ojos de adolescente.
Era costumbre por aquel entonces en las noches calurosas del estío, salir con nuestras sillas a  las puertas de las casas y reunirse  los vecinos para tomar el fresco y contar bellas historias. Contaban las personas más longevas que la Virgen de la Cabeza la trajeron unos pescadores portugueses que fueron sorprendidos  por una gran tempestad en alta mar, y que al verse en peligro de muerte le prometieron a la Virgen que si los sacaba de aquella peligrosa  tormenta y les salvaba la  vida la dejarían para siempre en tierra firme. Cuando amainó  el temporal  echaron  el ancla y  atracaron el barco y la trasladaron en una pequeña barca hasta la orilla. Así fue como la dejaron en la playa de las “Azucenas”, cerca del puerto. También  contaban la tragedia del terremoto  que sucedió  en Motril el 13 de enero de 1804. ¡¡¡Era fantástico escuchar esas tristes y bellas historias!!! Para mí, pobre niña de ciudad!!!
Y a esa hora en que la tarde abrazaba la noche y los pescadores salían  con sus pequeñas barcas a faenar,  el mar se llenaba de pequeñas lucecitas que parpadeaban sin descanso como bailarinas de un mágico ballet, sobre las oscuras y serenas aguas. Y al amanecer, un manto blanco tapizaba la orilla de la playa: miles de  gaviotas graznando sin tregua anunciaban un nuevo día.
Pronto nos adaptamos a nuestra nueva vida. Los inviernos eran cálidos, mi hermano y yo,  en el  nuevo colegio:   Centro Privado de Enseñanza Ave María, que  era el que se encontraba más cerca de casa. En verano no íbamos todo el día a la playa donde  jugábamos con otros niños. Lo pasábamos de fábula.
Hoy, que han pasado los años, sentada en la orilla del mar, de este mar de Motril, puedo oír el ir y venir de las olas,  ver cómo las olas dejan sus huellas en la arena y cómo son  borradas por otras  más grandes en un  instante.  Puedo  sentir muy dentro de mi alma cuánto he llegado a valorar y amar a esta bella ciudad, a la que no abandonaría por nada.                                     
 2º premio de relato - 2013                        

1 comentario:

Margarita dijo...

Hola, Maruja. He visto tu comentario y enseguida te he asociado a las personas que participan con asiduidad en el blog de Beatriz Salas.
¡Qué hermosa historia! Hay veces en que una busca un lugar en el que tiene puestas muchas especttivas y luego no es para tanto, y otras, las mejores, en las que los lugares salen al encuentro de una dejando una huella que perdurará para toda la vida. Me ha emocionado esa mirada tuya frente al mar.

Abrazotes y enhorabuena por este premio