domingo, 25 de julio de 2010

FALSA ALARMA



En la media tarde del día de hoy, una mochila abandonada hizo saltar las
alarmas en los cuerpos de seguridad de la Policía Nacional y Policía Local
de Motril.

Sobre las cinco y media de la tarde las fuerzas de seguridad fueron
alertadas de la existencia de una mochila abandonada a la salida de uno de
los accesos del aparcamiento público de la Plaza de La Aurora, en las
inmediaciones de una conocida entidad de crédito.

La mochila, despertó algún tipo de sospechas en los miembros de la
policía, que les hizo encontrarla potencialmente sospechosa, debatiendo
entre ellos sobre las medidas posibles medidas a adoptar

Después de un cierto debate, decidieron establecer una zona de seguridad alrededor de la mochila, iniciándose el acordonado de la zona.
Entretanto los viandantes curiosos merodeaban por los alrededores.

jueves, 22 de julio de 2010

“EL MEJOR REGALO”

Relato del libro " Copos de nieve" Del taller de escritura Creativa en el que he participado con este relato. 

La noche se presentaba serena y tranquila para emprender la difícil travesía, ni la más mínima presencia de algún fenómeno que pudiese perturbar la magna quietud nocturna. En el cielo, negras nubes defectuosas, techaban el extenso e inalterable mar en calma.
Muy despacio, en silencio y aturdida, Waris subió al cayuco, se sentó en la fría y dura tabla de madera desgajada, pasó sus manos por su ensortijado cabello y levantó el cuello del deteriorado chándal por encima de las orejas; con fuerza apretó contra su pecho la bolsa blanca de plástico que sostenía entre sus maltratadas manos, para intentar alejar el intenso frío que le calaba hasta lo más profundo de sus jóvenes huesos.
No sabía muy bien hacia donde se dirigía… lo importante era salir, salir de Angola, de aquel país áspero y ruin en el que no se podía vivir en paz.
Unas lágrimas de tristeza y desconsuelo rodaron por las negras mejillas de Waris, al pensar en lo mucho que dejaba tras de sí… Los alegres y satisfactorios años pasados en la universidad, donde conoció el amor puro y verdadero, su gran amor, un loco idealista al que ella amaba con toda su alma, el cual, pensaba que podía cambiar su país y tener una vida digna donde todos viviesen en paz y por lo que luchó sin tregua, hasta perder la vida en el empeño.
Miró a su alrededor, los compañeros de viaje mantenían un mutismo sepulcral manteniéndose apilados unos contra otros en su agonía, algunos aun demasiado jóvenes para exponerse a tan peligrosa aventura.

No podía ver nada, todo era oscuridad y silencio; sólo podía percibir débilmente el chapoteo del agua golpeando la débil embarcación.
Al llegar el cayuco a tierra, bajó precipitadamente. Corrió despavorida sin mirar hacia atrás en ningún momento, entre las dunas del espeso pinar siguiendo la dirección de las luces que con destellos de colores le anunciaban la presencia de LA NAVIDAD y le indicaban el final de su ansiado y anhelado destino.
Se sentía perdida en medio de la gran ciudad, cansada y confundida entre el murmullo y el bullicio de los miles de viandantes que a esa hora de la noche deambulaban sin rumbo de un lado para otro: millares de escaparates lucían ostentosos objetos de deseo, inaccesibles para ella. Desfallecida por el hambre y el cansancio, se sentó en un banco y cerró lo ojos unos instantes.
— ¡Hola! , ¿Qué te pasa?. Waris abrió los ojos sobresaltada al ver ante ella aquel niño flaco y desvalido de carita blanquecina y profundas ojeras, que cubría su pequeña cabeza con un gorro de rayas blancas y rojas:
— ¿Cómo te llamas, donde vives? le preguntó el niño con evidente curiosidad.
—Vengo de un país muy lejano y tremendamente pobre…El niño la miró perplejo.
—Yo he estado mucho tiempo en el hospital, sí, muy malito, se me ha caído todo el pelo de la cabeza y de otras partes del cuerpo, por eso llevo este ridículo gorro. Waris lo observaba expectante, pensando cuanto habría sufrido aquel ser tan pequeño y desvalido.

—Pedí un regalo a los Reyes, un regalo especial y me lo han concedido—Waris levantó la mano y con suma ternura acarició su empalidecida carita.
— Ha sido el mejor regalo de toda mi vida, no tendré que volver más a ese horrible lugar— Ella lo escuchaba atónita sin poder comprender lo que le estaba pasando…
—Quiero que vengas a mi casa conmigo; mi madre se pondrá muy contenta, repetía con insistencia una y otra vez. Waris emocionada se levantó, cogió la pequeña mano entre las suya y los dos se perdieron por el mágico paseo entre la multitud.

miércoles, 21 de julio de 2010

LAS ROSAS


LAS ROSAS SON ROSA
LAS HOJAS SON VERDE,
EL CARIÑO
DE UNA MADRE
NUNCA SE PIERDE

lunes, 12 de julio de 2010

SOL Y PLAYA


El fuerte e implacable sol de verano vierte sus rayos sobre mi cuerpo
semidesnudo al pasear por la inhóspita playas, descubro cómo el “astro rey” se apodera de mí y me atrapa sin piedad…

Percibo el crujir de la arena ardiente bajo mis pies descalzos, fuego
abrasador que emana de las profundas entrañas de la tierra y quema
mis plantas desnudas, agrietadas y doloridas.

En tanto, una leve brisa levanta la fina y dorada arena creando el ir y venir sin tregua de ondas leves que acarician la orilla de seda.

domingo, 11 de julio de 2010

“UN DÍA DE PLAYA”


Eran las dos de la tarde, habíamos terminado de comer: los gemelos se encontraban inquietos y muy alterados por el bochorno que hacía debajo del cañaveral del chiringuito. Corrían de un lado a otro, arrastrando las sillas, subiendo y bajando de ellas. En tal atropello Javier, el más travieso, se cayó al suelo, dándose un fuerte golpe en la cabeza. Estaban embadurnados de arena fina y muy colorados.
Yo observaba a Sebastián: el cigarrillo entraba y salía de su boca cómo si fuese el último de su vida. De pronto: dio un salto y arrastró la silla hacia atrás con violencia.
— Ahora mismo nos vamos— dijo furioso levantando la voz.
—Tengo que duchar a los niños antes de ponernos en camino—murmuré tímidamente.
—No hay ni una sola ducha por estos parajes. ¿Es que no lo ves?—me increpó, metiendo las sillas, la nevera y la bolsa de las toallas en el maletero del coche.
Le supliqué, le rogué, que esperásemos en la playa al lado del agua hasta que hiciese menos calor, pero fue inútil, ya había tomado una dicción y no había vuelta atrás. Miré a mi alrededor, no había nada en aquél despoblado lugar, no se veía a nadie por ninguna parte, sólo se podía escuchar el fastidioso cantar de los grillos sin interrupción, y el aplastante e implacable sol cayendo sobre nuestros cuerpos semidesnudos. Los niños sentados en la acera lloraban desconsolados, se habían achicharrado, no querían entrar en el coche por más que yo lo intentaba. El coche, a esa hora de la tarde quemaba como la lava de un volcán. Los niños sentados en el asiento trasero se encontraban sudorosos, aletargados… cómo “cochinillos en el horno”.
Daniel, de pronto empezó a llorar, un pestilente olor nos envolvió a todos. No podía ser cierto que lo hubiese hecho otra vez. Paramos el coche a la orillas de un pequeño riachuelo y lo limpié como pude. Y continuamos la marcha hasta nuestro destino.
—Mamá, mamá, tengo mucha sed, —repetía Javier una y otra vez sin dejar de llorar.
El agua que teníamos en coche era poca y estaba muy caliente, cogí la botella del suelo me giré y alargué la mano, el chiquillo al cogerla dio un grito de dolor.
Yo me sentía furiosa con él, estaba a punto de llorar por el mal rato que estaban pasando los chiquillos, él no hacia el más mínimo esfuerzo para remediarlo.
Habíamos recorrido unos kilómetros que se hicieron interminables, cuando nos encontrábamos entre las paradisíacas playas de los Caños de Meca y Vejer de la Frontera y sin saber el porqué se formó un descomunal atasco, coches de todos los colores y tamaño, pegados unos a otros cómo las lapas a las rocas. Era imposible avanzar ni un solo metro por la estrecha carretera.
Los conductores impacientes y malhumorados hacían sonar los claxon con insistencia, produciendo un ruido ensordecedor: unos se bajaban del coche sin camisa empapados por el sudor, otros con las manos en alto maldecían sin cesar clamando al cielo intentando ver que había pasado delante de la interminable hilera de coches. La mayoría de los vehículos cargados con utensilios de playa, personas mayores y niños que asomaban sus cabezas por las ventanillas. No sabíamos cómo salir de aquel infierno. Por fin, llegó la policía haciendo sonar las sirenas con insistencia, los agentes se situaron a uno y otro lado de la carretea y así lograron poner orden en semejante caos. Después de pasar infinidad de adversidades de todo tipo conseguimos llegar a nuestro pueblo, Motril, deshecho y agotado tras el fatídico viaje el que nunca podré olvidar.

martes, 6 de julio de 2010

EL SILENCIO



Es una buena hora; pienso que es la mejor de todo el día.

Los niños no han vuelto aún del colegio, con sus gritos y jugueteos.

La lavadora ya no ruge como un monstruo encadenado, todo permanece estático.

No se oye el golpear del agua dentro del lavavajillas.

Todo se encuentra en el más absoluto silencio.

Creo que es la mejor hora… para ponerme a escribir.

sábado, 3 de julio de 2010

DESENLACE FATAL


El sol aún no había salido tras las altas montañas que rodean el
pueblo aquella mañana de primavera, cuando sonó el timbre de la puerta
con insistencia; salté de la cama sobresaltada e intenté buscar las
zapatillas, que por algún motivo nunca están don de deberían.
Al abrir la puerta, él estaba allí mirándome con sus brillantes ojos
verdes, su pelo rubio peinado hacia atrás, la camisa de rayas blancas
y azules,con la mochila colgada a la espalda llena de libros, lápices y
cuadernos.
Sin mediar palabra, se abalanzó sobre mí liberando un torrente de
energía y cerrando sus enormes ojos me dijo:
—Abuela, mi madre trabaja el domingo, me quedo contigo hasta el lunes
—En su carita, una tierna y dulce sonrisa que dejaba al descubierto
su cariño infinito.
Corrió sin mirar hacia el patio: metiento los pies en los charcos que se encontraba mojado por la lluvia del día anterior.
En un rincón, su juguete preferido, el más preciado, su bicicleta de cuatro ruedas; cuatro porque aún no le habían quitado las dos pequeñas por miedo a que
pudiese caer de ella.
Me recogí el pelo en la nuca, con un pequeño moño, sujeto con una
de esas agujas de plástico, de las que venden en “todo a cien”; me
abroché los botones de la bata y dirigiéndome a la cocina me preparé
una taza de café bien cargado, que sólo con su olor podía resucitar a
un muerto…
Era demasiado pronto para empezar las tareas del día; días largos y
calurosos de primavera, por esta razón, solía sentirme muy cansada al
terminar la jornada. Me senté en una butaca del salón, aún con la
taza en la mano, cerré los ojos un instante; al abrirlos, mis ojos se
clavaron en la fotografía de mi hija, que, estática, me miraba desde
la mesa. El teléfono de la mesita sonó como un trueno…,
—Dígame, ¿quién es?
— ¿La señora González?
—Sí, soy yo. —lamento decirle que su hija ha tenido un fatal
accidente.
El retumbar del teléfono invadió toda la habitación al caer al suelo.
Entraron los dos en el salón, corriendo y dando saltos: el perro
ladrando y moviendo el rabo alegremente, el niño jugando… como si el
mundo todo fuese de color de rosa, el color de la inocencia que solo
los niños poseen.