miércoles, 29 de enero de 2014

EL PEQUEÑO MENDIGO





Cada día solía pasar por esa esquina, siempre lo veía contando unas pocas monedas que algún transeúnte le había dejado en aquella mugrienta lata corroída. Él sólo quería consegir lo suficiente, poder comprar un bocadillo para poder mantenerse en pie, su pequeño y débil cuerpo temblaba como una hoja zarandeada por el fuerte viento de la mañana. El pequeño intentaba sin conseguirlo calentar sus manos con el vaho que salía de su boca.
Todos pasaban sin ni siquiera mirar, sólo yo podía percibir su angustia y desesperación: las madres pasaban envueltas en calientes abrigos de lana cogidas de la mano de sus hijos, los ejecutivos intentaban eludir e ignorar la denigrante y maltrecha figura que con  ojos tristes y sangrantes, y manos temblorosas contaba una y otra vez su exiguo tesoro.
Me acerqué a él, me quité los lapidados guantes con suma dificultad y saqué del bolsillo de la pelliza unas cuantas monedas, las pocas que había podido conseguir en la entrada del metro después de pasar allí postrado toda la noche.
¿Cuánto te falta para poder comprarte el bocadillo?—“Sólo diez céntimos” ¿Tú me los puedes dar? “Hace dos días que no he comido nada, y apenas me puedo sostener". "Toma veinte céntimos para que te compres el bocadillo y un vaso de leche caliente”. ¡¡¡Yo ya comí ayer!!!
Creado por: Maruja. J. Galeote.

lunes, 20 de enero de 2014

“UNA PERSONA RELEVANTE"



Mi “padre” nunca fue un hombre de Universidad, sus años de juventud transcurrieron en plena posguerra y tuvo que trabajar muy duro, para que a nosotras, sus hijas, no nos faltara de nada, pero él nunca se conformó con mirar. Leía todo lo que pasaba por sus manos: libros, revistas, periódicos… Nos enseñó que la educación era muy importante, nos hablaba de los grandes héroes y tiranos de la tierra, nos habló de la guerra y también  de la paz, nos enseñó que más vale dar que recibir, que uno se siente mejor con ello, aún cuando otros puedan pensar que es tonto dar algo a quien no se lo merece. Decía que eso no era lo importante, lo que importaba era que esa persona que lo recibía nunca nos olvidaría. Él era un hombre autodidacta, siempre me asombraba su gran capacidad de saber todo lo que uno le preguntaba…
Pero más que nada, lo que hizo y hace que sea una persona relevante para mi es que haya dejado huellas. Fue un gran hombre que se hizo así mismo, siempre tenía una palabra amable, un gesto de cariño. Pienso en ello, recordándole ahora que ya hace 7 años que no está entre nosotros; conocí en él a un hombre que sin ser un letrado, tenía la palabra exacta para hacerte sentir importante. Su sonrisa y sus ojos eran limpios y serenos, él nunca se alteraba “y si lo hacía alguna vez, pedía disculpas”.
Mi padre era un hombre humilde y sabio, que como raíces profundas, quedaron plantadas para siempre en mi vida.









Creado por Maruja. J. Galeote.

sábado, 11 de enero de 2014

LAS BOTAS DE MIMI


Se las compró su abuela para Navidad y las estrenó el día de Reyes. Apenas se las puso se dio cuenta de que no andaban bien. La bota del pie derecho daba un paso hacia adelante pero… ¡la bota del pie izquierdo daba un paso para atrás!
— ¡Qué atrocidad. Así no voy a ninguna parte!
Se sacó las botas las puso en la caja y se fue a la zapatería a reclamar.
El dependiente no se sorprendió, se disculpó y le explicó a Mimi el problema.
—De vez en cuando el duende de los zapatos que habita en la zapatería, le encanta hacer bromas y se mete en algún zapato.
El dependiente le preguntó a Mimi en qué bota tenía el problema.
—En la izquierda. La derecha está bien va para adelante pero la izquierda va para atrás.
El hombre cogió la bota del pie izquierdo, la sacudió un poquito y le indicó con un gesto que se las pusiera para ver qué pasaba. Dio un paso para adelante con el pie derecho y después otro con el pie izquierdo. 
Todo estaba bien, las dos botas caminaban para adelante.
Mimi dio las gracias al dependiente y se despidió del duende, aunque no pudo verlo se marchó con las botas puestas hasta su casa.
Cuando vayas a comprarte un calzado pruébatelos, camina un poquito por la zapatería y fíjate que las dos caminen para adelante. Nunca se sabe cuándo los duendes quieren gastarnos alguna broma.

Creado por: Maruja. J. Galeote.