sábado, 3 de febrero de 2018

CAPÍTULO XLIII


EL PASTOR
Rigoberto baja la colina a esa hora, en que la tarde abraza la  noche. Las ovejas blancas y recelosas bajan despacio, guiadas por el silbido del aceitunado y joven pastor. A su lado Platera camina despacio con su ceroncillo a cuesta, cargado de naranjas y limones, guardando dócilmente la distancia entre las ovejas lanudas y su dueño.

Platera se para un instante, alegre agita su peludo rabo y huele la húmeda tierra que bordean la entrada del pueblo, las medrosas ovejas se disipan  un momento,  al entrar por las anchas calles de bajas y blancas casas del pueblo. El chiquillo verdinegro  con sombrero de paja desgajada,  despierta el silbato y la piara se reúne guiada por su perro Pánfilo, que haciendo un circulo las rodea  para acopiarlas para que entren en el cobertizo.  Ya, dentro Platera, levanta las patas delantera y rebuzna  inquieta, solicitando al chiquillo que la despoje de su pesada carga. El pastor sucio y cansado cierra la puerta tras de sí  y mira la luna azulada, como madre amante posa sobre el pueblo su  resplandor plateado como un blanco  manto, Suspira hondo ¡Ayn!  eza gurra juera míaaa...

Reescrito por: Maruja J Galeote.

 

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