viernes, 11 de diciembre de 2015

AMOR DE JUVENTUD




Tan solo tenía quince años y él veintidós cuando lo vi por primera vez.
Me encontraba en el andén de aquella estación sentada en un banco cuando lo vi bajar de aquel tren. Su aspecto me llamó la atención; era alto, delgado con un fino bigote que dejaba entrever una sensual sonrisa picarona. El traje blanco con galones dorados en la pechera, y la gorra de plato le hacían aún más atractivo si cabe.
Lo miré a hurtadillas pero él se percató que yo lo estaba mirando y con una desenvoltura  propia del que ya ha corrido muchos “maratones” se dirigió al banco donde me encontraba y se  sentó a mi lado, con  melodiosa voz se dirigió a mí con unas bonitas y delicadas  palabras que hoy, con el paso del tiempo, me son difíciles de recordar. Buscó mi mirada, y yo, pobre de mí, la esquive avergonzada, en tanto un escalofrío recorría mi cuerpo.
Él no dejaba de hablar de su vida, y yo lo escuchaba. Se encontraba haciendo las milicias en el Buque Juan Sebastián El Cano, en la ciudad de San Fernando (Cádiz), estaba allí de paso, tenía que  hacer trasbordo y aún faltaban tres horas para que saliese el próximo tren.
Poco a poco fui perdiendo la timidez que me embargaba, sin reparos le conté parte de mi vida; una familia desestructurada con una madre yonki y un padre alcohólico. Al recordarlo no pude evitar que unas lágrimas resbalaran por mis mejillas. Cogió mi mano y la apretó con suma ternura, lo miré y vi en sus ojos color miel un mundo de estrellas que surgían de su interior.
El tiempo pasó de prisa sin ni siquiera darnos cuenta. El silbato de la máquina de vapor nos hizo volver a la triste realidad. El tren emprendió la marcha hacia su destino y nunca más lo volví a ver.




Creado por: Maruja. J. Galeote.
 
 

2 comentarios:

Marcos dijo...

Encuentros inesperados que marcan una vida. Siempre pasan trenes sin que los tomemos una y otra vez, sin apreciar que cambiarían nuestra historia

Rafael dijo...

Es bonito rescatar momentos así.
Un abrazo.