viernes, 15 de mayo de 2015

“HOY ES UN DÍA DE PRIMAVERA”



“HOY ES UN DÍA DE PRIMAVERA”
Hoy al levantarme de la cama me he acercado a la ventana para alzar la persiana. Al  asomarme absorto, observo tras los transparentes cristales, el paisaje, casas adosadas blancas de tejados rojizos con un pequeño jardín a la entrada, puedo ver con deleite el verdor de los árboles, sus pobladas ramas enlazadas por verdes hojas, y como el viento las mece con un suave vaivén delante de mis cansados ojos anunciando la llegada de la inminente primavera.
Surgen en mi interior miles de imágenes, situaciones ya casi olvidadas, vivencias lejanas del  pasado penoso de mi niñez.
Eran tiempos difíciles de posguerra. Cada día antes de salir el sol mi madre marchaba de casa para lavar la ropa de tres familias adineradas del pueblo. El camino que recorría era largo y escarpado como un puzzle, con el frío  presente todo el día, ya que las gastadas y deterioradas ropas que envolvían su  débil cuerpo abrigaban muy poco. Empezaba con el alba y terminaba ya entraba la noche. Por su pesado trabajo le pagaban una miseria; dos pesetas, un trozo de pan negro y un huevo, ella siempre les pedía que se lo diesen crudo en vez de cocido que era lo habitual.  Con ese huevo nos hacía un gazpachuelo para comer algo antes de irnos a la cama, ya que sin el caldo caliente en el cuerpo no podíamos conciliar el sueño.
Nunca olvidaré ese día del mes de enero; hacía mucho frio y llovía con mucha violencia en Motril, soplaba un fuerte viento del norte. Para resguardarme, corrí a cobijarme en la iglesia, ya que no quedaba muy lejos de mi casa y la puerta principal se encontraba entreabierta. En su interior, reinaba el más absoluto silencio y una inmensa paz envolvía la estancia. Delante del altar mayor se encontraba arrodillada una señora de edad indefinida, un tupido velo le cubría la cabeza. Al poco, salió cerrando la puerta sin hacer el más mínimo ruido. No podía dejar de temblar, mis sandalias estaban rotas y se me habían mojado los pies. Tenía mucha hambre y un frío que me calaba los huesos.
Me senté en el primer banco, delante del Cristo de la buena Muerte; lo miré, fijamente, y sentí en mi interior su propio dolor. Posiblemente podía tener un poco de fiebre ya que mi cuerpo no dejaba de tiritar… A los pies de la gran cruz de madera un bello ramo de de rosas rojas lo custodiaba, tan rojas como la sangre que se deslizaba por su costado herido. Miré a uno y otro lado y no, no había nadie a esa hora de la tarde, la única misa de esa parroquia se celebraba a las siete. Temeroso y avergonzado cogí el ramo y salí a la calle con la mera intención de venderlo para poder comprar algo para comer.
Al pasar por una casa de la calle principal del pueblo, me encaramé a la verja, cogí la cinta que colgaba de la campanilla y la agite con todas mis fuerzas, dispuesto a vender las rosas  para poder saciar mi hambre. Una señora elegantemente vestida y bien peinada de pelo plateado como una noche de luna, apareció en el umbral;  desconfiada me miró de arriba a abajo y me preguntó: — ¿Qué deseas chico? — ¿Quiere usted comprarme este ramo de flores para poder comprarme un bocadillo?, no he comido nada desde anoche, que tomé un poco de gazpachuelo, respondí con voz temblorosa. La señora me miró perpleja, y dijo: Ese ramo lo he puesto yo esta mañana a los pies del Cristo de la buena Muerte. Unas incontroladas lágrimas de vergüenza y tristeza se deslizaron por mis mejillas, las limpié de inmediato con la manga de la roída chaqueta marrón oscura, que una de las señora donde ella solía  ir a  lavar la ropa le había regalado a mi madre, desechada del hijo pequeño después de haberla usado anteriormente los tres mayores.
La mujer me dio la espalda, y volvió a entrar en la casa, dejándome sin saber qué hacer, ya que sus labios no pronunciaron ni una sola palaba. Pasado unos minutos volvió a salir. Me miró, y me hizo sentir bien, con su dulce mirada  angelical que acariciaba mi cabello mojado con  infinita ternura.
Acompañada con una sonrisa de complicidad, extendió  su mano y me entregó un pequeño paquete alargado envuelto en papel de estraza, por donde se podía entrever un poco de tocino añejo de beta.
Toma, puedes venir todos los días a esta misma hora para recoger un bocadillo y ahora vuelve a poner el ramo de rosas en el mismo lugar en el que lo has cogido.
Caminé despacio por el sendero hasta llegar a la calle. El sol había apartado las negras nubes para hacerse presente en mi sombría vida, ya no sentía frío solo remordimiento, y aún con lágrimas salté de alegría y corrí calle abajo. No me lo podía creer. Ahora podría comer todos los días, gracias a aquella bondadosa señora que el Cristo de la Buena muerte había puesto en mi camino.
Las campanas de una iglesia cercana me han hecho volver a la realidad. Bajo las escaleras hasta llegar al salón, miro el reloj, y ya son las diez. Ha pasado el tiempo sin ni siquiera darme cuenta. Hoy sí es un día de primavera.

Creado por Maruja. J. Galeote.

5 comentarios:

Rafael dijo...

Relato muy tierno.
Un abrazo.

PEPE LASALA dijo...

Precioso Maruja, has hecho que me meta en el relato, me has llevado a otro tiempo, a otro espacio. Enhorabuena amiga. Un fuerte abrazo y buen fin de semana. @Pepe_Lasala

Rafael Humberto Lizarazo dijo...

Qué relato más bonito, lo he disfrutado envuelto en una gran ternura... Cristo nunca nos abandona.

Un abrazo.

Marcos dijo...

Un relato precioso sin duda enriquecido con recuerdos vividos o presenciados. Me ha gustado, maruja.

Maruja dijo...

Quiro decir que este relato lo escribí al escuchar a un señor mayo contar la historia en televisión. Gracias por vuestros comentarios.