domingo, 12 de octubre de 2014

LA VISITA AL DENTISTA


Había oído que le gustaba manosear a las pacientes. No lo creí. Tenía que ir a su consulta en unos días y mi marido me sugirió que no fuese sola, así que me acompañó mi  hija pequeña.
Me  senté en el sillón un poco preocupada e incómoda,  tanteo la muela que tenía en mal estado y sin mediar palabra comenzó a palparme el cuello, el pecho derecho y el izquierdo. Se encontraba excitado, ansioso… Un sudor frío inundaba mi cuerpo, estaba aterrada. Aproximó su repulsiva boca a mi oído y dijo:
—Es por si tiene usted los ganglios inflamados. – se excusó.
De un salto me levanté cogí a mí niña de la mano y salimos. Ya en la  calle mi hija me dijo:
 —Mamá, mamá te ha tocado las tetas.



1 comentario:

Marcos dijo...

Ante la duda, a veces es mejor cambiar de dentista