martes, 28 de mayo de 2013

LA RAÍZ DEL LAUREL

Erase una vez, junto a un arroyo de aguas cristalinas, un pequeño jardín. Los árboles que se hallaban en él eran altos y esbeltos, todos arropados por gran cantidad de hojas mecidas por la brisa. Unos gastaban sus energías en ser más altos y más grandes, otros se empeñaban en germinar muchas flores, pero quedaban débiles para echar fuertes raíces.

En cambio, el laurel se dijo: “Yo, mejor voy a invertir mi savia y mi voluntad en tener buenas y fuertes raíces” ¡Laurel, Laurel!… (Le gritaban) ¿Tú para qué quieres tantas raíces? Míranos a nosotros, todos nos alaban y nos piropean, tenemos pocas raíces y mucha belleza y elegancia. ¡Deja de pensar en lo demás!
Pero él deseaba amar a los demás y por eso tenía raíces fuertes y hojas perfumadas.
Un buen día, se formó una gran tormenta, y los árboles más grandes fueron zarandeados y azotados sin piedad. Gritaron con todas sus fuerzas, pero por más que gritaron no consiguieron  evitar ser lapidados. En cambio el pequeño laurel, como tenía pocas ramas y mucha raíz, apenas si perdió unas cuantas hojas, hojas verdes y olorosas.
Fue así como todos los árboles comprendieron que no es la belleza externa lo que nos mantiene firmes en los momentos difíciles de la vida, es lo que está oculto en la raíz,  que brota directamente de nuestro corazón… 

lunes, 20 de mayo de 2013

YA NO SOY…


Había tomado la de  decisión de que no estaba dispuesta a dedicarle más tiempo al teatro, por mucho que me gustara, aquello no era para mí. El teatro me hacía sufrir y, la verdad, no era buena actriz. 
Pensé en apuntarme a clases de baile: salsa, rock and roll, claqué…descarté la idea, no creo que podría hacerlo muy bien sentada  en la  silla de rueda. Como soy más terca que una mula me dije a mi misma, como el baile no es posible, me inscribo en el club de parapente, y así puedo practicarlo cada día de la semana.
Pensándolo bien, lo que más ilusión me hace es ver todos los día, el programa de “Juan y Medio” sentada en  el salón de la residencia junto a mis compañeras  y encontrar un buen hombre para acabar con mi soledad, y también con la sensación de frío que siento en la cama cada noche. Ya no soy una niña.

sábado, 18 de mayo de 2013

EL MUERTO

Sé, con toda certeza que yo no me suicidé. A decir verdad no entiendo muy bien la causa de mi fallecimiento. Algunos de los que han venido a mi funeral lloran sin consuelo.
¡¡¡Que frio!!! Me estoy modelando como una estatua de sal, no me puedo mover, la oscuridad me rodea, la lluvia entra por las ranuras de la caja y el fino  raso que me cubre el cuerpo no es de muy buena calidad pero hace su función.
La muy golfa de mi Carmela ha elegido el entierro más barato, habrá pensado: total para quien es
Creo que es ella esa que gimotea, mi mujer, la muy put… después de la cornamenta que me ha colgado con el chico del supermercado, se creía que no me percataba cuando  le compraba  las cajetillas de tabaco, y él le tocaba el trasero, detrás del mostrador, la muy guarra.
¿Es ella? Esa que llora a mocos tendido, sí, sí es mi “cuñá” la carnicera,  la muy falsa, que no me quiso vender la carne a plazos el mes que no cobré el paro.
No puedo morirme pensando en  mi hijo, ese es “harina de otro costal, ha dejado embarazada a la novia que tiene tan sólo quince años. Se ha pasado toda la etapa escolar falsificando las notas. Que joyita  está hecho el niño. Buena herencia le dejo  a la madre. Con treinta y cinco años aún sigue yendo al colegio de adultos. ¡¡¡El muy animal!!!Yo no me he suicidado ha sido el infarto.

domingo, 12 de mayo de 2013

EL TIEMPO PERDIDO


Ve en su reloj que son las cinco. Se sienta en un banco del parque que se encuentra alejado del griterío de los niños. Se pone de pie y se sienta de inmediato.  Comienza a dar vueltas a un sobre blanco con un sello en una esquina que se ha sacado del bolsillo trasero. No sabe qué hacer con él,  por más que lo mira y remira no se decide  a abrirlo.

Hoy no ha cogido el periódico para leerlo como hacía cada mañana, no llamó al perro vagabundo para acariciar su desnutrido y delgado lomo que receloso lo mira de lejos con infinito desconsuelo, ni fue al centro de mayores a jugar al dominó con sus fieles compañeros de batalla, como tenía por costumbre. Aquellos que lo apoyaron incondicionalmente cuando ella lo dejó para siempre. Ha pasado el tiempo sin ni siquiera darse cuenta. Mira el reloj y ya son las siete.





miércoles, 8 de mayo de 2013

X CERTAMEN DE POESÍA Y REDACCIÓN.



“PREMIO SALVADOR VARO”
1º PREMIO REDACCIÓN.
EL CUAL ME FUE ENTREGADO POR LASª ALCALDESA  LUISA MARÍA GARCÍA CHAMORRO
“YO SOY YO Y MIS CIRCUNSTANCIAS”
Llegaba tarde. Entró corriendo al salón con su mejor traje, dispuesta a preparar la cartera con los documentos para la reunión que tenía esa tarde en el trabajo. Casi no se había percatado de la presencia de su pequeña, que ajena a cualquier intruso, bailaba en el centro del salón una de sus melodías favoritas. Se encontraba muy nerviosa, pensando que llegaría tarde a su cita de trabajo, pero una voz interior le dijo: Detente. Entonces paró. La miró atentamente y se dirigió hasta ella, cogió su pequeña mano entre las suyas y comenzaron a girar una y otra vez moviendo sus cuerpos con frenesí… En ese instante entró Paula, la mayor. Se enlazaron las tres de las manos y continuaron bailando y riendo al son de la melodía hasta el anochecer.
Al terminar, las mandó subir a su dormitorio. Al día siguiente tenían que levantarse muy temprano para ir al colegio. Subieron las escaleras canturreando, bailando y riendo; sus risas retumbaban en las acolchadas paredes del comedor.
Minutos más tarde subió despacio, recreándose en cada escalón. Iba a darles las buenas noches como tenía por costumbre. Al cerrar la puerta pudo oír a su pequeña decirle a su hermana en un susurro: “Paula, mamá es la mejor mamá del mundo. ¿Verdad?”
Su trabajo en el Parlamento Europeo era duro y cargado de una gran responsabilidad: ella se encargaba de actualizar la página web informativa que le había asignado el Parlamento. En ella tenía que redactar uno por uno todos los derechos que tienen los ciudadanos  pertenecientes a cualquier país que se encuentre en la Unión Europea. En la página tenía que transcribir papel por papel cada uno de los derechos, de manera que fuera legible tanto por jóvenes como por mayores. Por ejemplo: derecho a la libre circulación y residencia en la UE, el poder votar en las elecciones al Parlamento Europeo y en las elecciones municipales, protección de las autoridades diplomáticas y consulares de cualquier Estado miembro, presentación de peticiones ante el Parlamento Europeo y reclamaciones ante el Defensor del Pueblo Europeo…
Al levantar la cabeza vio que sus desafortunados  acordes habían corrido las cortinas de nubes y la luna colaba un fino y tenue rayo de luz… Dirigió la mirada con tristeza hacia los numerosos premios y títulos que colgaban de las paredes del despacho y pensó: “Nunca, ninguno de ellos podrá lograr superar este magnífico día…¡¡¡Qué cerca había estado de perderme este día junto a ellas!!!”
Al dejar el despacho caminó despacio entre las callejuelas desnudas, absorta en sus pensamientos…, recordando las palabras de su pequeña: “Mamá es la mejor mamá del mundo”. Esperaba que lo volvieran a decir  de nuevo, cuando tuvieran cuarenta o cincuenta años, y se inclinaran sobre la caja de pino para despedirse de la envoltura de su alma.  No podía  ponerlo en su currículum, pero sí les pidió que lo graben en el mármol de su tumba.                          
Creado por: Maruja Jiménez Galeote. El 7 de Mayo 2013.
                                                                         




  

viernes, 3 de mayo de 2013

CONCURSO DE RELATO BREVE "TÚ HISTORIA PARA UN MUSEO".



UN DÍA PARA RECORDAR

2º PREMIO "RECUERDOS...

EL CUAL ME FUE ENTREGADO POR EL DIRECTOR DEL ÁREA DE

NEGOCIO DE LA CAIXA





RECUERDOS…


       Recuerdo con toda nitidez cuando  trasladaron a mi padre por asuntos de trabajo desde Madrid al Puerto de Motril. Era el año 1971. Por aquel entonces yo tenía diez años y mi hermano ocho. El viaje hacia Motril, tanto a  mi hermano como a mí,  se nos hizo muy largo y pesado. Parte del trayecto lo pasamos vomitando y preguntado a mi madre:
— Mamá, mamá, ¿falta mucho para llegar? A lo que ella respondía con una sonrisa de esperanza consoladora.
A mi madre no le satisfacía la idea de tener que vivir el resto de su vida en una ciudad de provincias. Ella tuvo que dejar su trabajo como dependienta en una zapatería muy importante llamada “Zegarra”, pero asintió sin rechistar. Siempre lo hacía. Toda su vida  había vivido en Madrid donde se hallaba toda su familia, pero ante la decisión de mi padre poco podía hacer.
Al girar el coche en una de las miles de curvas que existían en aquellos años en la carretera  que conducía desde Granada a Motril, pude atisbar cómo brillaba  el  sol al salir tras las altas montañas, con sus dorados y anaranjados rayos.  A lo lejos se distinguía el mar, inmenso y azul, de un azul centelleante que se expandía  ante  mis ojos. ¡Nunca lo tuve tan cerca! No pude evitar sorprenderme ante tanta belleza. Yo,  que a mis diez años, sólo conocía gigantescos bloques de hormigón e infinidad de coches circulando por el asfalto.
A mi padre,  por el cargo que le tocó desempeñar en esta empresa portuaria,  le concedieron una pequeña casa cerca del puerto. Todas eran de color blanco azulado, de dos plantas,  alineadas unas con otras, con un agraciado jardincito en la entrada y en la parte trasera un pequeño huerto donde mi madre, al poco tiempo de  instalarnos plantó tomates, cebollas y otras hortalizas para nuestro propio consumo.
Mi dormitorio se encontraba en la parte alta;  mi madre así lo había decidido para que, al estar más aislada del resto de la casa,  pudiese concentrarme y estudiar con facilidad. Desde la ventana podía ver el puerto: ¡estaba tan cerca que casi podía tocarlo! En aquella época sólo atracaban pequeños veleros, barcas de pesca y algunos barcos de mercancías, muy grandes, que transportaban gabazo, trigo, madera… El gabazo, nada más descargado, era transportado a la fábrica de la “Celulosa” para elaborar la pasta de papel. La actividad en aquella época era constante: no dejaba de funcionar ni de noche ni de día.  Cuando atracaba uno de esos grandes barcos en el puerto, me gustaba observar cómo  los estibadores iban de un lado a otro en pleno verano, con el torso al descubierto. Los bares cercanos al puerto se llenaban de jóvenes trabajadores a la hora de la comida, y un olor a mar y a  sardinas asadas inundaba el ambiente. Desde mi ventana también podía distinguir en la lejanía un gran vergel verde de cañas de azúcar, aguacates, chirimoyas… Y en lo más alto del pueblo, el Santuario de la “Virgen de la Cabeza”: hermoso, muy hermoso, desafiante ante mis ojos de adolescente.
Era costumbre por aquel entonces en las noches calurosas del estío, salir con nuestras sillas a  las puertas de las casas y reunirse  los vecinos para tomar el fresco y contar bellas historias. Contaban las personas más longevas que la Virgen de la Cabeza la trajeron unos pescadores portugueses que fueron sorprendidos  por una gran tempestad en alta mar, y que al verse en peligro de muerte le prometieron a la Virgen que si los sacaba de aquella peligrosa  tormenta y les salvaba la  vida la dejarían para siempre en tierra firme. Cuando amainó  el temporal  echaron  el ancla y  atracaron el barco y la trasladaron en una pequeña barca hasta la orilla. Así fue como la dejaron en la playa de las “Azucenas”, cerca del puerto. También  contaban la tragedia del terremoto  que sucedió  en Motril el 13 de enero de 1804. ¡¡¡Era fantástico escuchar esas tristes y bellas historias!!! Para mí, pobre niña de ciudad!!!
Y a esa hora en que la tarde abrazaba la noche y los pescadores salían  con sus pequeñas barcas a faenar,  el mar se llenaba de pequeñas lucecitas que parpadeaban sin descanso como bailarinas de un mágico ballet, sobre las oscuras y serenas aguas. Y al amanecer, un manto blanco tapizaba la orilla de la playa: miles de  gaviotas graznando sin tregua anunciaban un nuevo día.
Pronto nos adaptamos a nuestra nueva vida. Los inviernos eran cálidos, mi hermano y yo,  en el  nuevo colegio:   Centro Privado de Enseñanza Ave María, que  era el que se encontraba más cerca de casa. En verano no íbamos todo el día a la playa donde  jugábamos con otros niños. Lo pasábamos de fábula.
Hoy, que han pasado los años, sentada en la orilla del mar, de este mar de Motril, puedo oír el ir y venir de las olas,  ver cómo las olas dejan sus huellas en la arena y cómo son  borradas por otras  más grandes en un  instante.  Puedo  sentir muy dentro de mi alma cuánto he llegado a valorar y amar a esta bella ciudad, a la que no abandonaría por nada.                                     
 2º premio de relato - 2013