domingo, 24 de junio de 2012

LA CIUDAD ME CAMBIÓ

Recuerdo con toda nitidez cuando me marché a la ciudad a vivir con mi hija. La noche había sido muy larga: no había podido pegar ojo. Cuando sonó el despertador, estaba despierta ya que tenía una importante e ineludible cita con mi destino. Fui incapaz de desayunar: unas mariposas revoloteando en mi estómago me lo impedían.

Cerré la maleta. Antes de salir de casa me miré en el espejo y apenas me reconocí: su superficie plana y brillante me devolvió la imagen difuminada de  una mujer mayor, envejecida, con una pesada maleta en la mano y unos finos labios que simulaban una sonrisa. Salí al patio y pasé revista a aquel entorno en el que había sido algunas veces, tan feliz y otras, tan desgraciada. Eran los primeros días de otoño; todavía hacía calor, y el sol, aún veraniego,  parecía querer arroparme en tan duro trance.

Emprendí camino a la estación. El autobús era  arcaico y renqueaba.  Al fin me acercaba a mi destino tras largas horas de viaje. Pude ver el sol salir entre las altas montañas y el mar a lo lejos.

La ciudad me pareció sofocante: quizá mi atuendo no era el adecuado para un incipiente otoño. Estaba nerviosa y sorprendida y sentía miedo ante aquel mundo desconocido que irrumpía en mi vida sin pedir permiso.

Por las rendijas de la persiana entraba un tenue rayo de sol y un penetrante aroma a café recién hecho me despertó, sin sobresaltos, dando cuenta de donde me hallaba.   
—Mamá, el desayuno está en la mesa— escuché a mi hija que me llamaba desde la cocina, donde acudí presurosa. Nos sentamos una frente a otra. Ella me miró por encima de la taza y sus labios se desplegaron con una dulce y tierna sonrisa.

—Mañana empiezan las clases en el "Centro de Adultos". ¿Te gustaría asistir? Dicen que quedan pocas plazas para este curso; si quieres ir tienes que darte prisa en hacer la matricula. Creo que te hará bien: conocerás a otras mujeres de tu edad y podras adquirir nuevos conocimientos, para lo que nunca es demaciado tarde.

Empezaron las clases. La profesora pasó lista y se detuvo en mi nombre. Me puse de pie, como impulsada por un resorte. La mayoría de mis compañeras eran veteranas y estaban  expectantes  ante el debut de una de las novatas. Ellas eran urbanas y bastante “pijas”, lo que provocó en mí, pobre mujer rural, un enorme miedo escénico.

Y sin apenas darme cuenta ya estábamos en el segundo trimestre. Una de las compañeras, Rosa, siempre  se sentaba  a mi lado y me daba ánimos para que no faltase a las clases ni un solo día. Y no falté,  incluso cuando me dolía mucho  la rodilla por la dichosa enfermedad de la artrosis. Rosa era alegre, divertida, tenía el pelo negro como el azabache y unos grandes ojos como una noche sin luna. En poco tiempo  se convirtió en una de mis mejores  amigas. Ella, nada más llegar me animó a inscribirme en algunas de las actividades que se impartían en el Centro.

Pensaba que vivir en la gran ciudad me agobiaría, que no me adaptaría a mi nueva vida, lejos de los animales y de los verdes campos. No fue así: me arreglaba, me ponía mis más lujosos vestidos, me maquillaba…

Me apunté para recibir clases de  informática. El primer día que asistí tardé más de una hora sólo en escribir mi nombre. ¡¡¡Eso ya es historia!!! Actualmente puedo chatear, acceder al correo, escribir mis propios relatos y publicarlos en mi blog…Además, me ofrecí al director del Centro de Mayores, para impartir un curso de iniciación de informática y otro de corte y confección, ya que yo de jovencita había aprendido el oficio de modista. Veía que era una forma de  poder ayudar a otras personas. También participé en las actividades del Taller de teatro  “Ingenio” el cual habían  creado un grupo de compañeras y amigas, y  al que yo me incorporé con gran ilusión. Cada tarde nos reuníamos para ensayar en el salón de actos. Pasábamos unas tardes asombrosas.

Cuando representábamos nuestras obras en otros colegios o en algunas residencias de la ciudad, lo hacíamos con la mera intención de hacer pasar un buen rato a otras personas mayores como nosotras, y ¡siempre se cumplía nuestro deseo!

Mi monótona vida se había quedado en la aldea, como también se quedaron mis buenos y menos buenos recuerdos.

Tengas la edad que tengas, recuerda: La vida es como una breve obra de teatro: canta para ser feliz, ríe cuando tengas ganas de llorar, y vive, vive, intensamente… antes  de que baje el telón y la función termine sin aplausos. 

IX CERTAMEN DE POESÍA Y REDACCIÓN
"Pemios Slvador Varo" 21-6-2012
1º premio de redacción. Maruja Jiménez Galeote