miércoles, 23 de mayo de 2012

ELLA ELIGIÓ VIVIR


Me asomé tras los trasparentes visillos de la ventana del salón y comprobé que a pesar del frío que hacía, lucía un sol radiante, un día magnífico. Caminé sin rumbo fijo  hasta llegar a la plaza del pueblo; los árboles desnudos cubrían de sol  los bancos de madera pintados de verde que rodean la plaza. Me acerqué a uno de ellos en el que se encontraba sentada una señora con la mirada perdida y cabello plateado como una noche de luna.
—Señora, ¿le molesta que me siente a su lado?— le pregunté tímidamente, sin dejar de  observar  aquella cara angelical que simbolizaba la tristeza.
—No, no me importa; así podre charlar un rato con usted.
Entablamos una conversación superficial, pero, poco a poco nos fuimos contando cosas muy profundas e íntimas. Con voz triste y afligida, Gloria, que así se llamaba la señora, me relató la dolorosa y triste historia que había vivido en el  pasado:
“Me casé con tan sólo diecisiete años. Los primeros años de relación con mi marido fueron maravillosos: todo eran halagos y atenciones hacia mí; no duró mucho al poco tiempo descubrí que le gustaba pegar; para él sólo era un juego. Pensé que con la llegada de nuestro hijo todo cambiaría para mí, aquel ser diminuto y frágil que tanta alegría aportó a mi desolada vida. Me equivoqué: fue a peor, se enfurecía por cualquier motivo. Poco a poco me fue anulando hasta conseguir apartarme de mis familiares y amigos. En la calle, delante de los demás, se comportaba de un modo natural; a veces era amable y hasta resultaba  divertido. Nadie  podía imaginar el malvado ser que se ocultaba en su interior. Todo en él cambiaba cuando volvíamos a casa: su contenida   rabia y maldad estallaba de forma incontrolada y brutal. Los golpes se sucedían cada vez con más frecuencia y virulencia. Sin ningún motivo, por todo: si llegaba tarde a casa, si me arreglaba…; si hablaba con alguien me ridiculizaba, mofándose de mis torpes palabras. Cada día, al oír el chirriar de la llave en la cerradura o al sentir sus enérgicos pasos por el largo pasillo, un sudor frío inundaba mi cuerpo. Empecé a tenerle mucho, mucho miedo. Me sentía atrapada, no sabía qué hacer ni adónde ir. Hasta que llegó el día fatal:
Me encontraba  tendiendo la ropa en la azotea y la suave brisa del mediodía acariciaba mi piel como el suave pelo de un gato. Los niños aún no habían vuelto del colegio. Todo se encontraba en silencio, roto por el vaivén de las sábanas y  el  leve  murmullo  que provenía de la calle. Las vistas desde allí eran impresionantes: el mar tenía un azul intenso, las pequeñas casas desprendían un blanco azulado que fortificaban la dorada arena de la playa. Una agradable sensación de libertad inundaba mi espíritu. ¡En qué pocas ocasiones me había sentido con tanta paz! Un penetrante olor a quemado me hizo volver a la realidad. Bajé corriendo las escaleras hasta la cocina. ¡Sí, sí se habían pegado las lentejas!! Pensé: las cambiaré de recipiente y abriré todas las ventanas para que salga el humo  antes de que él vuelva. No me dio tiempo. Entró en la cocina como una exhalación, cogiéndome por sorpresa; de un fuerte tirón arrancó la olla de mis temblorosas manos y las lentejas volaron  por toda la cocina. Un líquido caliente e incontrolado se deslizó por entre mis piernas. El pequeño charco en el suelo me hizo pensar lo peor. Con una mano me agarró del pelo y arrastró mi débil cuerpo por la fría solería, y con la otra empuñó el cuchillo del jamón y empezó  a apuñalarme, sin piedad.
En aquellos instantes sólo me angustiaba un pensamiento, una  idea, (sí señora): que llegaran los niños y me encontraran en aquel lamentable estado.¡¡No, no quería!! No quería que mis hijos me viesen como un perro atropellado en medio de la carretera.¡¡¡Morir!!!: ya no me importaba llevaba mucho tiempo muerta. ¡Sííí!: muerta  en vida. Mi torturado cuerpo quedó inmóvil sobre el frío suelo de cerámica de la cocina.
La tarde caía vertical, los rayos del sol pasaban a través de las rendijas de la ventana posándose sobre mi indefenso cuerpo. Desde la posición en que me encontraba podía distinguir un amplio canal rojo que se expandía con suma lentitud, me resultaba muy difícil respirar, me ahogaba en mi propia sangre. Intentaba una y otra vez moverme, sin conseguirlo; mi cuerpo no respondía. Sentía cómo los latidos de mi corazón se desvanecían poco a poco. Estaba terriblemente asustada. No notaba ningún dolor a pesar de las tremendas cuchilladas que había  recibido; sólo la boca seca y con un sabor amargo…No conseguía enlazar los pensamientos que se agolpaban en mi mente como un carrusel que gira y gira sin parar. Las lágrimas que resbalaban por el lateral de mi cara evitaban que pudiera ver con claridad; no conseguía ver de quién era el cuerpo que yacía  inerte a escasos centímetros de donde me encontraba. No con poco esfuerzo conseguí  reconocerlo: se trataba de él, de mi marido, que creyendo que yo había muerto, se había  suicidado. En aquellos momentos pensé que mi vida llegaba a su fin. ¡No quería morir de forma tan cruel e injusta y con tan sólo treinta años.
Me aferré a la vida y aguanté, aguanté por mis hijos. Me preguntaba y aún me pregunto sin encontrar respuesta,  por qué me odiaba tanto, por qué no me quería, por qué me deseaba la muerte… ¡A mí, que tanto lo quise!...”

Cuando me dirigía hacia mi casa, abatida, después de escuchar esa escalofriante revelación, rememoré una dolorosa etapa de mi vida pasada, ya casi olvidada. No podía ver el camino y me quité las gafas para limpiar los vidrios empañados por unas incontrolables lágrimas que emergían de mis cansados ojos.
Ella tuvo dos opciones: vivir o morir. ¡¡¡Ella eligió vivir!!!
2º PREMIO DEL XVIII  CERTAMEN LITERARIO 2012.