sábado, 21 de mayo de 2011

AL FINAL DEL CAMINO

 CERTAMEN DE RELATOS DE ADULTOS --2º PREMIO DEL 2O11

Al final de la escalinata sujetando la puerta me espera una moja con gafas de culo de vaso que cariñosamente me invita a pasar al salón. Todos permanecen sentados en la amplia sala, unos frente a otros sin ni siquiera mirarse: unos duermen y otros  mantienen los ojos cerrados, aletargados. La tele está encendida, nadie la mira ni parecen escucharla.
No sé si con el tiempo me acostumbraré a esta forma de vida, a la dejadez que reina en este lugar tan desarraigado... Pienso si conseguiré algún día sentirme como en mi propia casa.
Desde la posición en que me encuentro he observado la imagen difuminada  de una señora elegantemente vestida y bien peinada, está sentada en un sillón marrón a un lado del salón.
Muy decidido y sin reparo, me he acercado a ella para poder charlar un rato. Sí, allí estaba ella; sentada, serena y tranquila, con un libro sobre su falda de raso blanco, acariciando la portada con suaves movimientos como si se tratase, de un frágil bebé desvalido..
—Hola, señora.
No me contesta. Levantando el tono de voz, la vuelvo a saludar: “Buenos días”,  y en ese mismo instante responde con voz suave.
—Buenos días, señor; perdone que no la haya oído llegar, estoy un poco sorda y ciega intenta disculparse, girando la cabeza hacia donde me encuentro—. Es muy triste el no poder ver, no consigo acostumbrarme a esta vida de silencio y oscuridad. Hace unos cinco años me quedé totalmente ciega después de una larga y penosa enfermedad, que fue deteriorando mi cuerpo aún joven. . Pensé: “Para qué tendrá el libro, si no lo puede leer?”. Con el tiempo comprendí la razón y el por qué… 
Al día siguiente, después de desayunar, fuí presuroso para ver si la encontraba en el mismo lugar. Me sentía como un adolescente que  tiene su primera cita.  —¿Desea que le lea un poco? —le susurré tímidamente, observando aquella cara angelical.
Conversamos durante mucho tiempo, hasta la hora del almuerzo. Hablamos de cosas de nuestra vida pasada.
Yo, de pequeño, vivía en un cortijo, lejos de la ciudad; así que no podía asistir al colegio del pueblo, el más cercano se encontraba a cinco kilómetros de distancia. Con gran esfuerzo tuve que aprender a leer sólo y a escondidas, con la ayuda de las novelas del “oeste” de mi padre. Las guardaba en una vieja vitrina cerrada con llave, lo cual no era un problema para mí pues conocía muy bien el escondite. Teníamos prohibido que ninguno de mis hermanos cogiésemos aquellas viejas novelas. Decía, que las podíamos romper o estropear.
Ella había ejercido de maestra en su pueblo natal. No tuvo mucha suerte la pobre. Al poco tiempo de casarse se quedó viuda, con tres niños muy pequeños; nadie la ayudó, ni siquiera su familia más cercana. Sin secretos ni tapujos, le fui contando cómo me  quedé viudo muy joven y las tristezas y miserias que pasé para conseguir sacar la casa adelante y criar a los hijos.
Lo cierto es que me han asignado una pequeña habitación al final del pasillo. Las cortinas son blancas, de una tela desgajada y poco rizada; las dos camas que la ocupan, muy estrechas, pegadas a la pared, cubiertas con unas colchas de flores difuminadas de un color sucio. Espero que al darme la vuelta no me caiga de ella, ya que desde hace mucho tiempo  he dormido sólo en la de matrimonio. Además tendré que compartir la habitación. ¿Cómo será él? Creo que es un señor que ha entrado esta mañana después de llegar yo. Está un poco gordo, desaliñado… Espero que nos llevemos bien, yo soy muy sociable.
No he pegado ojo en toda la noche por el ir y venir gentes por el largo pasillo y por los fuertes ronquidos del compañero. Creo que es asmático por la forma de respirar. A media noche he sentido unas ganas tremendas de ir al baño, pero no encontraba el interruptor de la lamparita para encender la luz, así que he estado aguantando hasta que han empezado a entrar los rayos del  sol por las rendijas de la persiana, y me he podido ubicar y encontrar la puerta. 
Muy despacio y sin hacer ruido para no despertarlo, he estirado la ropa de la cama. No estoy acostumbrado a salir del cuarto sin ese ritual diario. Me he aseado cuidadosamente. Después, cogido a la barandilla y tanteando uno a uno cada  escalón, he bajado despacio las escaleras hasta llegar al comedor. Tengo mucho miedo a caerme.
Desde la puerta del comedor he observado a un señor muy  mayor. ¿Tendrá más de noventa años?  Está sentado con la pelliza puesta, la gorra metida hasta las orejas y unos pelos largos y canosos que exhibe por debajo de ella. Una lágrima incontrolada resbala por su arrugada mejilla; la intenta apartar con la mano un poco temblorosa, debido a una cruel enfermedad; en un gran tazón de leche, moja una dura magdalena sobre la que se afana en soplar una y otra vez;  debe estar muy caliente.
Al salir al jardín, el aire fresco me ha roz ado la piel como el suave pelo de un gato, una sensación de libertad ha invadido mi espíritu. Los árboles mecen las hojas como bailarinas de un mágico ballet,  los  pájaros con sus trinos ponen la suave sinfonía de una balada inacabable y los anaranjados rayos del sol resaltan el dorado albero del camino.
Espero cada día con impaciencia la hora de reunirme con ella en el jardín. He vuelto a enamorarme perdidamente como un adolescente. He podido vivir la emoción del primer amor. Ella verá a través de mis ojos y yo seré feliz por tenerla a mi lado al final del camino…

sábado, 14 de mayo de 2011

CUANDO SE MARCHITAN LAS FLORES

 SALVADOR VARO 2011 --- 3º PREMIO DE REDACCIÓN.
Parecía que el tiempo no había pasado; sí, hacia diez largos años que mí querido Juan me había dejado para siempre. No quería pensar, me ahogaba la tristeza cuando sentía dentro de mi alma la falta de su cariño y compañía. A pesar de ello me sentía bien, me había acostumbrado a vivir en soledad.
Tenía las flores y los cuatro pájaros que él dejó, ellos me hacían sentirme menos sola, me tenían ocupada casi todo el día, y conseguían que fueran menos tristes y llevaderos los largos días de invierno.

No salía mucho de casa, no tenía necesidad, pasaba el tiempo de aquí para allá, sólo  por las mañanas para ir a misa de ocho y comprar el pan en la tienda de Benita que estaba en la otra esquina de la calle; así podía charlar un rato con las vecinas de lo que acontecía en el barrio y enterarme de algún que otro cotilleo.
Uno de los domingos que vinieron mi hijo y mi nuera a visitarme, y estando yo en la cocina, los oí cuchichear entre ellos. Cuando llegué al salón, mi hijo dijo en voz baja y un poco  temblorosa:
—Mamá, hemos pensado…que deberías rellenar los papeles para poder  ingresar en una residencia.
 — ¿Qué te parece? —dijo mi hijo dirigiendo su mirada hacia mí esperando una respuesta.

No contesté, sólo asentí, con una mueca de tristeza que me surgió del alma.
—Allí estarás más acompañada— manifestó mi nuera intentando justificarse, apretando el bolso sobre la falda. ¡¡No se le fuese a escapar!!
Ya estaba todo decidido, y yo,  no podía hacer nada para impedirlo.
Aquella mañana dejé los pájaros a mi vecina y regué las plantas para que  no se  secasen, ¡Qué ilusa! Aún creía que algún día volvería otra vez a mi casa.
La fachada de la residencia tenía aspecto diabólico. La calle se hallaba abarrotada de coches, ni un solo hueco libre para poder aparcar. Mi nuera se tuvo que subir a la acera para que yo pudiese bajar la
 maleta. Antes de volver a poner el coche en marcha bajo la ventanilla, dijo: 
—El domingo venimos a verte—y arrancó el coche como alma que lleve el diablo…
Al principio me encontraba mal, no conocía a nadie, echaba de menos mi casa, los pájaros y mis plantas. Pasé muchas noches si poder dormir pensando en ellos, así que aquella mañana llamé a mi hijo y le dije que quería volver a mi casa, a lo que él me respondió con evasivas.
—Cuando vaya el próximo día te llevaré un ordenador— ¡qué estupidez!, para  que quiero yo ese  extraño aparato, no sé, cómo funcionaba ni para que sirve…
No fue tan difícil, gracias a Carlos, un chico alegre y desinteresado que acababa de terminar sus estudios de informático, que generosamente y sin ningún ánimo de lucro se había comprometido con el director de la residencia  a enseñarnos a manejar aquel extraño aparato. Nunca podré agradecerle su paciencia y tesón con que nos trató, en todo momento a cada uno de nosotros. Me equivoqué al pensar que nunca aprendería a utilizar un ordenador. En poco tiempo aprendí a escribir textos,
 mandar correos, chatear… hice  infinidad de amigos muy importantes para mí, entre ellos uno muy “especial” que me hacía reír, soñar y sentirme viva como hacía mucho que no me había sentido desde que el amor de mi vida me dejó para siempre. Mi amigo especial, Javier, que así se llamaba, un día me mandó un mensaje inesperado y maravilloso. Las lágrimas no me dejaban ver lo que estaba leyendo, las letras se juntaban unas con otras como en un baile sin fin. Me quedé atónita, al leer aquellas pocas palabras que encerraban tanto significado para mí. ¡¡Me amaba!! No podía vivir sin tenerme a su lado. Sería posible que mi desdichada vida pudiese cambiar tanto gracias al ordenador?…


viernes, 6 de mayo de 2011

DÍA DE LAS MADRES

Madre hoy es tu día, un día muy especial en el que quisiera tenerte a mi lado para contemplar tu dulce mirada bajo los dorados rayos del sol de Mayo.
Madre quisiera decirte que tu presencia perdura en mí cada día. Te recuerdo fuerte como una roca y frágil como la flor que se deshoja en primavera. Madre, te recuerdo como una reina en la tierra sobre un pedestal  de flores de lindos colores. Madre, estás en mí corazón como el sol en la alborada.
Gracias a ti madre por llevarme dentro de tu ser, por las largas noches velando mis sueños, por el pan que me diste y no comiste. Tú madre, que guiaste mis pasos por el camino tortuoso de la vida sin esperar nada a cambio, nada, nada,¡¡Sólo amor!!

domingo, 1 de mayo de 2011

EL SEÑORITO MENDIGO

Cada tarde, cuando el sol se oculta tras el horizonte salgo a pasear con mi padre. Son paseos cortos, sus piernas no aguantan su pesado cuerpo y tiene que apoyarse sobre un bastón. Él conoce a mucha gente, sobre todo a personas que ya peinan canas con las que suele pararse para conversar.
Ayer se paró con un hombre muy mal trajeado y maloliente, portaba una bolsa mugrienta por la que asomaba un envase de un vino barato. Me llamó la atención sus manos con las uñas muy largas y ennegrecidas. Me preguntaba una y otra vez, como es posible tener unas uñas tan negras. ¿Es que nunca se las había lavado?
— ¿Sabes quién es? Preguntó mi padre al alejarnos para que no pudiese oírnos.
—Es, el señorito Andrés, el de la casa grande, el que tenía tantos criados y caballos, ese que comentaba todo el pueblo, que salía al atardecer y volvía con el alba. 
—No lo sé, no lo recuerdo. Respondí encogiendo los hombros.
—Dicen que le dio por jugar a las cartas, eso lo llevó a la ruina; ahora vive en la calle y duerme sobre unos cartones. No tiene ni un triste bocado de pan para llevarse a la boca. 
Me quedé ensimismado, perdido en los laberintos de mi memoria y recordé que alguna vez de pequeño pensé: cuando sea mayor me gustaría ser como él, guapo, elegante con el pelo engominado y negro como el azabache.
 ¡¡¡Señor!!! Como es la vida. Ya no queda nada de aquel hombre brillante, poderoso y atractivo que con su aspecto y simpatía se llevaba a todas “las chicas de calle”. Ya, no queda nada de él. Sólo unas sucias manos que portan una bolsa mugrienta…