domingo, 28 de noviembre de 2010

UN PASEO POR EL PARQUE


La semana anterior me encontré con ella en el parque. Llevaba a su hija pequeña de la mano. En su semblante se podía adivinar una gran tristeza.
Esa mañana descubrió un pequeño bulto en el pecho izquierdo. Me quedé mirándola como, queriendo encontrar sus más profundos pensamientos. Sus enormes ojos carentes de expresividad, su mirada ausente deja entrever la incógnita y el miedo a lo desconocido.
Hoy he vuelto a verla y percibo que algo en ella ha cambiado, algo importante y transcendente. Sólo hay que reparar en la forma de andar, en el regocijo de su cuerpo, ese movimiento de su pelo mecido por la brisa.
“Algo en ella ha cambiado,” pienso, pero no me atrevo a preguntar. No lo necesito, se la ve radiante…

jueves, 25 de noviembre de 2010

LA EMIGRACIÓN DE LA EMPERATRIZ

Relatos del libro  "Sonetos y arrullo de amor (poemario) - La reina mora (relatario)" Del Taller de Escritura Guadalfeo.En el que he participado con este relato.



En aquel tiempo, los inviernos eran duros y penosos. Recuerdo que un día nevaba intensamente en aquel cortijo de la Sierra de Granada. Mi madre comentó que no tenía nada para comer; ¿qué podía hacer yo?, ¡tenía tanta hambre! Pensé en ir a casa de mi abuela sin decir nada y pedirle harina para que mi madre cocinase unas migas. Eso hice. Cuando la abuela me vio aparecer, se echó las manos a la cabeza horrorizada.
— ¿Cómo?, ¿tu madre te ha dejado salir con este día de perros?
Yo estaba morada y tiritando. Era cierto que el cortijo no estaba muy lejos, pero no disponía de ropa suficiente para poder soportar tanto frío como el que congelaba el aire aquella mañana. Mi abuela, al verme, me apretó contra su pecho con infinito cariño y me puso al lado de la chimenea, que permanecía encendida desde la noche anterior.
Ella olía a pan recién horneado y puso frente a mí una taza de leche muy caliente con la que me recuperé en seguida. Cuando me encontré mejor, me cogió de la mano y me llevó a casa. Nos ayudaba con frecuencia: unas veces con prendas y otras con dinero, comida o jabón… pero siempre a espaldas de mi abuelo; a él no le gustaba esa generosidad, tal vez porque la consideraba excesiva o quizá por una de esas historias de desencuentros familiares que los niños nunca llegamos a conocer. El caso es que la abuela nos dejaba dinero en un pequeño sobre azul y otras muchas cosas de primera necesidad detrás de la puerta de la calle; al salir, las recogíamos. Así, mi madre podía alimentarnos cada día y mantenernos mínima mente vestidos.
El día que mi abuela marchaba a la capital, para visitar al médico o tramitar algún papeleo en el juzgado o en el ayuntamiento, tardaba todo el día en regresar. Los medios de transporte de aquella época eran muy escasos y deficientes: sólo pasaba el autobús una vez, por la mañana, y volvía por la noche. Mis hermanos pequeños y yo nos quedábamos en su casa para acompañar a mi abuelo. A la hora del almuerzo, nos preguntaba:
— ¿Queréis algo de comer?
— ¡Síiii! —respondíamos a coro.
— ¿Es que nunca estáis hartos? —rezongaba mi abuelo, con gesto huraño.
No nos dejaba tocar nada; todo le molestaba, nos reñía continuamente, sin motivo y sin razón; yo le trataba con mucho respeto y cariño, a pesar de que era tan refunfuñón. En el fondo, creo que se preocupaba de nosotros y nos quería muchísimo…
Cuando mi abuelo recogía la cosecha y llevaba trigo al molino, la abuela nos suministraba harina para que hiciésemos el pan. Mi madre lo amasaba y lo introducía en el horno de leña que se hallaba en un rincón del corral. ¡Estaba buenísimo!... Una vez, recuerdo que lo almacenó o escondió en el ropero, entre vestidos y trapos, para no fuese devorado todo el mismo día, cuando lo extrajo y lo sirvió, tenía fuerte y penetrante olor a alcanfor.
Mi madre trajo a este mundo doce hijos, que se dice pronto; era muy fuerte siempre la contemplo en mi memoria trabajando: cosía, lavaba... nunca estaba parada; las noches las pasaba en vela, tapando a unos y dando de mamar a otros. La recuerdo con una enorme barriga y con los pechos caídos hasta la cintura.
Cuando nació mi hermano Manuel, el último de los varones, mi hermana mayor decía que le daba vergüenza salir con ella a la calle, que ya era muy mayor para parir, que no trajese más hijos, que ya éramos muchos.
Una noche en la que el frío se colaba por las rendijas de la ventana, mi hermana Carmen tiraba de la gastada manta dejándome destapada; no me podía dormir. Entonces escuché cómo mis padres hablaban en voz baja para no despertarnos, pero, a medida que la conversación seguía, el tono de voz aumentaba y yo afiné el oído.
—Juan, ya no podemos aguantar más en el cortijo; los niños cada año que pasa son mayores. Dime, ¿qué porvenir les espera? —preguntaba mi madre con tono suplicante.
—Pero... ¿en qué trabajaré en la ciudad?; somos muchos, yo, no sé hacer otra cosa que trabajar la tierra y cuidar el ganado —objetaba mi padre muy alterado.
—Mi prima me ha escrito una carta, acaba de enviudar y no tiene hijos, tiene una carnicería en Motril en la calle Catalanes; dice que podemos trabajar con ella y entre todos sacar el negocio adelante.
—No sé, no sé, puede que tengas razón y estés en lo cierto —contestó mi padre, un poco más calmado, bajando el tono de voz.
Los muelles del somier crujieron… No se escuchaba nada, sólo unos suaves jadeos y cuchicheos y más tarde el viento golpeando los cristales de la puerta del corral. Aquella noche no pude dormir, no dejaba de pensar en lo que había oído comentar a mis padres.
Me asustaba un poco pensar que ya no podría jugar con Lucio al trompo, a "piola"… ni subir a lo alto de los árboles que bordean la carretera del pueblo cercano a coger hojas de las moreras para los gusanos de seda (tenía más de diez en una caja de zapatos, que me regaló mi abuela).
Pasado un tiempo, mi madre empezó con los preparativos para marcharnos a Motril. Era el año 1951. Por aquel entonces yo tenía diez años.
Por fin, una mañana muy temprano se preparó la marcha hacia la desconocida ciudad.
La despedida fue muy triste; mi abuelo permanecía estático, sin mover ni un sólo músculo de su cuerpo, parado delante del autobús; no parpadeaba, no se le fuese a escapar algún sollozo o lamento y lo viesen los vecinos, él, que era tan fuerte; en cambio, mi abuela suspiraba amargamente y lloraba sin consuelo mientras limpiaba las lágrimas con la punta del delantal de rayas grises.

Cuando nos detuvimos en la estación donde hacíamos trasbordo, mi padre extrajo todos los bártulos que transportábamos y los pasó al otro autobús. La noche estaba muy oscura, parecía que iba a llover de un momento a otro, pero no fue así; no cayó ni una gota. Nosotros, los más pequeños muy asustados, nos cogimos de la mano de mi madre para no perdernos. Recuerdo, ya en el autobús, que no hacíamos sino preguntar a mi madre: ¿Falta mucho para llegar? Al fin, el sol empezó a salir entre las altas montañas y vimos el mar a lo lejos. Nos quedamos "embobaos" mirando por la ventanilla. No habíamos visto nunca tanta agua junta.
Y así fue como empezamos una nueva etapa de nuestras vidas en Motril,
lejos de nuestra tierra con nuevas dificultades y no menos duras que
las anteriores, pero llenas de grandes esperanzas…
Creado por Maruja.

XVI CERTAMEN LITERARIO "PLAZA DE LA LIBERTAD"-MOTRIL 2010-- 2º PREMIO

jueves, 18 de noviembre de 2010

NUNCA ES TARDE

Relato integrante del Libro "No empieses nunca por una conjunción"   Taller de Escritura Guadalfeo
En el que he participado con este relato.


La primera vez que me fijé en la pantalla de un Ordenador, me pregunté: ¿Para que serviría este utensilio de frío y oscuro cristal donde a pesar de todo no puede funcionar sin que la mano del hombre se pose sobre él¿. Para mí es un objeto inútil y desconocido, como todo lo no descubierto anteriormente. No podía comprender ni por un momento lo equivocada que me encontraba en aquellos momentos ante mi gran ignorancia.
Una tarde triste y gris de los últimos días del mes de Enero, un fuerte viento golpeaba los cristales del salón con gran fuerza y violencia, lo cual hacía correr las espesas nubes, negras como la mismísima noche que se avecinaba.
Sentada en el sillón de rallas rojas y doradas tras el enorme ventanal, la mirada se perdía en el infinito, al mismo tiempo se veía el pueblo pequeño y blanco bajo las grandes hileras de altas montañas que lo rodeaban.
Mis pensamientos daban vueltas y mas vueltas como si fuera un enorme carrusel que girara y gira sin parar dentro de mi mente: cosas que he hecho, que no hice, y otras que aún me quedan por hacer.
Las emociones, sensaciones y sentimientos que no dejan de volar cuan negros nubarrones que corren sin parar hacia el horizonte de mi vida
Tan abstraída me encontraba dentro de mi mundo interior que no pude percibir el ruido chirriante de la llave en la cerradura de la puerta, cuándo él entró, con sigilo y se dirigió al sitio donde yo me encontraba, en el mas absoluto silencio, se inclinó dándome un suave baso en la mejilla con gran ternura. Fue lo que me hizo volver a la realidad, diciéndome: Rubia, el Lunes empiezan las clases de Informática…Casi no escuché, ¡vale! ¿Cuándo has dicho¿ repitió, el Lunes, y me han comentado que si quiero asistir tengo que ir por la mañana a primera hora, pues dicen que para el curso de iniciación hay pocas plazas.
Era la hora de la cena, con desgana me dispuse a poner la comida en la mesa, mientras me repetía una y otra vez: Que hacer, que podía aprender y conocer a mis casi SETENTA AÑOS de aquél aparato el cual no entendía ni significaba nada para mí. Él me miraba pensativo entre plato y plato como queriendo adivinar mis mas íntimos y desconocidos sentimientos.
Cuándo me levanté a la mañana siguiente me dispuse presurosa a poner manos a la “obra”, y sin pensarlo dos veces me puse el pantalón negro y el suéter rojo del cuello vuelto, pues la verdad es que hacia bastante frió esta mañana des mas de Enero. Sin prisa me dirigí al Centro donde se impartían las clases, subí las empinadas escaleras del recinto casi sin darme cuanta, donde mis torpes y cansadas piernas quisieron llevarme; de pronto me encontré en una sala enorme, en la que en aquellos momentos no se encontraba nadie. Miré con suma curiosidad respiraba en la sala alrededor buscando al Profesor, pero no se encontraba en la sala. El ambiente que se respiraba era tranquilo y acogedor, las mesas de color verde y alargadas, con un Ordenador en cada una de ellas, las sillas tapizadas de un intenso azul, las cortinas muy tupidas del mismo tono, por donde apenas dejaban pasar un tenue rayo de luz.
Me sobresalté al escuchar una voz a mis espaldas que repetía con insistencia ¿Señora que deseaba, ¿ Por favor quería informarme si aún quedan plazas para el curso de informática que empieza el Lunes, -Sí una queda libre- respondió el hombre alto y delgado de ojos pequeños y vivarachos, que me miraba tras sus gruesas y enormes gafas que tendrían mas de veinte dioptrías… o mas. De acuerdo señora hasta el Lunes próximo Dios mediante, ¿A que hora empiezan las clases, a las diez, por favor no llegue tarde le respondió el profesor.
Al salir del centro, me sentí como una niña con zapatos nuevos, no como la mujer adulta que no ha tenido los medios necesarios para prepararse para la vida cultural e intelectual.
Mi mente ya es mayor, pero mi espíritu joven, creo que nunca es tarde para recuperar el tiempo perdido; pues siempre he tenido curiosidad por todo lo desconocido.
Del curso recuerdo el primer día de clase, en esa sala con un silencio sepulcral que me rodeaba y a la vez deseando de todo corazón que alguien llegase, solo a lo lejos se podía escuchar el murmullo de voces y pasos, por el estrecho pasillo que conducía a la sala donde yo esperaba impaciente, por fin comenzaron a entrar una tras otra, un suave olor a Heno de Previa inundó el recinto- todas eran mujeres a acepción del profesor- insisto- con sus enormes gafas y delgadez. Nos fuimos presentando una a una, con sus correspondientes nombres y edad (Debo decir qué me enorgullecí al comprobar que era la mayor de toda la clase).
Ya, entada delante del Ordenador, me sentí terriblemente sola y nerviosa, con la boca seca y un sabor amargo. Nada mas comenzar el profesor la clase aliviada, comprendí que no era para tanto, que poco a poco lo podía conseguir si ponía todo mi empeño y esfuerzo.
He terminado el curso, me siento afortunada por haber despertado en mi la curiosidad de poder saber lo que podía estar escondido detrás de esa pequeña pantalla, la cual ya no me parece fría e inútil.
En esta edad avanzada de mi vida, me encuentro ante un mundo inmenso y desconocido ante mí. Donde puedo buscar, encontrar y a su vez conocer todo aquello que quiero y necesito. He podido comprobar a mis años, que las nuevas tecnologías son un gran descubrimiento para el desarrollo y bienestar de la Humanidad.
Mis migas y conocidas, se sorprenden de que tenga tanto interés por conocer cosas nuevas, pues dicen que a mis años para que me van a servir. Yo se que para mí es gratificante, y a la vez me hace sentir una gran ilusión conmigo misma, ya que el Ordenador me ha hecho salir del aburrimiento, tristeza y soledad de esos días de Invierno. Hoy me siento feliz y afortunada de haber hecho ese magnifico cuso.

XII CERTAMEN LITERARIO "PLAZA DE LA LIBERTAD"-MOTRIL 2006 1º PREMIO


lunes, 15 de noviembre de 2010

ELLOS SON...


Ellos pueden abrir los corazones con la llave de la sabiduría, cariño, comprensión y paciencia.
Ellos no piden nada, solo necesitan ternura de hijos, nietos, amigos e incluso de vecinos que son los que escuchan cuando hablan de sus temores, enfermedad y de su cercana muerte.
Ellos no se sienten caducos ni obsoletos, están vivos, lloran cuando nadie los pude ver, para que los suyos no sufran y ríen aunque estén tristes cuando juegan con los nietos.
Ellos, cada día se despiertan con una nueva ilusión para no estar estancados y adormilados todo el día; hacen gimnasia, informática, pasean y cuando la economía se lo permite, inclusive van a ver alguna obra de teatro.
Esto son los ellos del 2010: mayores, pero no viejos.

martes, 9 de noviembre de 2010

DON RAMIRO


Don Ramiro había vivido desde pequeño en aquel pueblo perdido entre altas y oscuras montañas; sólo salió de él para poder estudiar la carrera que más le gustaba, medicina. En cuanto le fue posible regresó a buscar sus raíces y estar cerca de los suyos. Su profesión le había dado la oportunidad de estar siempre en contacto con cada uno de ellos. Todos le respetaban: tanto niños como mayores, por su buen hacer y sus desvelos constantes.

Destacaban en él, tras sus gafas “de culo de vaso”, unos minúsculos y vivarachos ojillos azules. Caminaba erecto, siempre impecable, con un ridículo traje gris de alpaca y un chaleco muy ajustado con grandes rayas. La corbata negra mal anudada que parecía salir corriendo, y escapar de su consumido cuello. En uno de los bolsillos del chaleco un singular reloj de larga cadena plateada que siempre llevaba consigo.

Aquella tarde del mes de noviembre, después de pensarlo mucho, decidió ir al cementerio para visitar la tumba de su querida esposa. Se encontraba abatido y exhausto después de tan larga caminata; como el guerrero que ha perdido la batalla, se sentó en un pequeño banco de madera, y con gesto dolorido enlazó las manos sobre su maltrecho corazón. Todo se encontraba en el más absoluto silencio, roto a veces por el cimbrear de los árboles casi desnudos y el oscilar de las hojas muertas sobre la fría tierra del campo santo.

No conseguía recordarla por más que lo intentaba, ella se había difuminado en su mente. ¿Cómo era?, ¿Cómo se llamaba?, se preguntaba, una y otra vez sin conseguir recordar.

Cuando iba hacia su casa se quitó los anteojos para limpiar los vidrios empañados, casi no lo dejaban ver el camino; no, no eran los cristales… un torrente de lágrimas brotaba de sus cansados ojos.

viernes, 5 de noviembre de 2010

EL SUEÑO DE UNA MONJA


Se sentía muy cansada, había tenido un día agotador de idas y venidas por los largos pasillos del convento. El sol agonizaba a esa hora de la tarde; ya ninguna de las hermanas deambulaba por los recovecos del convento. Todas se hallan recogidas en sus celdas. La pequeña celda se encuentra silenciosa, en penumbras, iluminada por un escaso rayo de luz que entra por las rendijas de la estrecha ventana que se posa sobre crucifijo de madera, que preside el oscuro cabecero de la cama. Tiritando de frío, se pone el ajado camisón de muselina morena.
Arrodillada: a los pies de su cama reza con devoción sus oraciones nocturnas. De un salto se mete en el estrecho catre y tan solo unos minutos más tarde se queda profundamente dormida.
Despacio y sin hacer el más mínimo ruido abre la puerta de la celda y sale al jardín del convento, está sola, rodeada de altos muros de piedra rojiza, que se le vienen encima aplastándola por las sombras de la noche. No podía correr; sus plantas parecían estar atornilladas al áspero suelo, un sudor frío le cala hasta lo más profundo de sus jóvenes huesos. El largo camisón de muselina se pega a sus húmedos muslos como una lapa, frenando la angustiosa huida.
Sin pensarlo, de un tirón se despoja del húmedo camisón y corre despavorida por entre los altos árboles y frondosos arbustos que rodean el tétrico jardín.
Una lejana y melodiosa voz llega a sus oídos desconcertándola: “Elena, Elena. Era él, que se acerca cauteloso hasta ella. Puede escuchar su jadeante respiración pegada a su oído y el acelerado galopar de su corazón. Se siente sin fuerzas abandonada a su suerte, unas fuertes manos acarician su inmaculado cuerpo y sus desnudos pechos. El tiempo se detiene por unos instantes… una salvaje y depravada pasión recorre todos los sentidos de la joven. La vida es un sueño. Si te despiertas cierra los ojos y vuelve a soñar.

lunes, 1 de noviembre de 2010

AQUELLA TARDE


No se podía estar dentro de la casa, me asfixiaba, así que me eché un poco de agua en la cara y me dirigí hasta a la plaza para poder tomar un poco el fresco bajo la sombra de los árboles. Vi llegar al cura del pueblo detrás de los postigos rojinegros. El sol caía a plomo; Caminaba tambaleándose, sus pequeños ojillos azules enrojecidos y la mirada perdida en el horizonte como una barca a la deriva.
No hacía mucho que lo habían destinado, así que era un desconocido entre los feligreses de la comarca. Me sorprendió que el sacerdote estuviese allí, a esa hora de la tarde con tanto calor.
Una mujer muy mayor vestida de negro con un pequeño moño en la nuca se sentó a mi lado. Yo me hallaba aletargada. La mujer se mantuvo en silencio unos minutos. Más, de pronto, dirigiendo la mirada hacia mí y elevando la voz, preguntó, curiosa, con intención maligna y malsana:
— ¡Está borracho!, ¿verdad? —su voz retumbó en mis oídos como un proyectil, que va directo al objetivo.
Clavé la mirada en su oscuro y arrugado rostro, con rabia por lo que acababa de oír.
— ¿Cómo puede usted hablar sin saber, señora? —le respondí furiosa.
— El padre ha estado muy enfermo, en comunión con la muerte, hace solo unos días ha pasado por el duro trance de enterrar a su madre.