jueves, 25 de noviembre de 2010

LA EMIGRACIÓN DE LA EMPERATRIZ

Relatos del libro  "Sonetos y arrullo de amor (poemario) - La reina mora (relatario)" Del Taller de Escritura Guadalfeo.En el que he participado con este relato.



En aquel tiempo, los inviernos eran duros y penosos. Recuerdo que un día nevaba intensamente en aquel cortijo de la Sierra de Granada. Mi madre comentó que no tenía nada para comer; ¿qué podía hacer yo?, ¡tenía tanta hambre! Pensé en ir a casa de mi abuela sin decir nada y pedirle harina para que mi madre cocinase unas migas. Eso hice. Cuando la abuela me vio aparecer, se echó las manos a la cabeza horrorizada.
— ¿Cómo?, ¿tu madre te ha dejado salir con este día de perros?
Yo estaba morada y tiritando. Era cierto que el cortijo no estaba muy lejos, pero no disponía de ropa suficiente para poder soportar tanto frío como el que congelaba el aire aquella mañana. Mi abuela, al verme, me apretó contra su pecho con infinito cariño y me puso al lado de la chimenea, que permanecía encendida desde la noche anterior.
Ella olía a pan recién horneado y puso frente a mí una taza de leche muy caliente con la que me recuperé en seguida. Cuando me encontré mejor, me cogió de la mano y me llevó a casa. Nos ayudaba con frecuencia: unas veces con prendas y otras con dinero, comida o jabón… pero siempre a espaldas de mi abuelo; a él no le gustaba esa generosidad, tal vez porque la consideraba excesiva o quizá por una de esas historias de desencuentros familiares que los niños nunca llegamos a conocer. El caso es que la abuela nos dejaba dinero en un pequeño sobre azul y otras muchas cosas de primera necesidad detrás de la puerta de la calle; al salir, las recogíamos. Así, mi madre podía alimentarnos cada día y mantenernos mínima mente vestidos.
El día que mi abuela marchaba a la capital, para visitar al médico o tramitar algún papeleo en el juzgado o en el ayuntamiento, tardaba todo el día en regresar. Los medios de transporte de aquella época eran muy escasos y deficientes: sólo pasaba el autobús una vez, por la mañana, y volvía por la noche. Mis hermanos pequeños y yo nos quedábamos en su casa para acompañar a mi abuelo. A la hora del almuerzo, nos preguntaba:
— ¿Queréis algo de comer?
— ¡Síiii! —respondíamos a coro.
— ¿Es que nunca estáis hartos? —rezongaba mi abuelo, con gesto huraño.
No nos dejaba tocar nada; todo le molestaba, nos reñía continuamente, sin motivo y sin razón; yo le trataba con mucho respeto y cariño, a pesar de que era tan refunfuñón. En el fondo, creo que se preocupaba de nosotros y nos quería muchísimo…
Cuando mi abuelo recogía la cosecha y llevaba trigo al molino, la abuela nos suministraba harina para que hiciésemos el pan. Mi madre lo amasaba y lo introducía en el horno de leña que se hallaba en un rincón del corral. ¡Estaba buenísimo!... Una vez, recuerdo que lo almacenó o escondió en el ropero, entre vestidos y trapos, para no fuese devorado todo el mismo día, cuando lo extrajo y lo sirvió, tenía fuerte y penetrante olor a alcanfor.
Mi madre trajo a este mundo doce hijos, que se dice pronto; era muy fuerte siempre la contemplo en mi memoria trabajando: cosía, lavaba... nunca estaba parada; las noches las pasaba en vela, tapando a unos y dando de mamar a otros. La recuerdo con una enorme barriga y con los pechos caídos hasta la cintura.
Cuando nació mi hermano Manuel, el último de los varones, mi hermana mayor decía que le daba vergüenza salir con ella a la calle, que ya era muy mayor para parir, que no trajese más hijos, que ya éramos muchos.
Una noche en la que el frío se colaba por las rendijas de la ventana, mi hermana Carmen tiraba de la gastada manta dejándome destapada; no me podía dormir. Entonces escuché cómo mis padres hablaban en voz baja para no despertarnos, pero, a medida que la conversación seguía, el tono de voz aumentaba y yo afiné el oído.
—Juan, ya no podemos aguantar más en el cortijo; los niños cada año que pasa son mayores. Dime, ¿qué porvenir les espera? —preguntaba mi madre con tono suplicante.
—Pero... ¿en qué trabajaré en la ciudad?; somos muchos, yo, no sé hacer otra cosa que trabajar la tierra y cuidar el ganado —objetaba mi padre muy alterado.
—Mi prima me ha escrito una carta, acaba de enviudar y no tiene hijos, tiene una carnicería en Motril en la calle Catalanes; dice que podemos trabajar con ella y entre todos sacar el negocio adelante.
—No sé, no sé, puede que tengas razón y estés en lo cierto —contestó mi padre, un poco más calmado, bajando el tono de voz.
Los muelles del somier crujieron… No se escuchaba nada, sólo unos suaves jadeos y cuchicheos y más tarde el viento golpeando los cristales de la puerta del corral. Aquella noche no pude dormir, no dejaba de pensar en lo que había oído comentar a mis padres.
Me asustaba un poco pensar que ya no podría jugar con Lucio al trompo, a "piola"… ni subir a lo alto de los árboles que bordean la carretera del pueblo cercano a coger hojas de las moreras para los gusanos de seda (tenía más de diez en una caja de zapatos, que me regaló mi abuela).
Pasado un tiempo, mi madre empezó con los preparativos para marcharnos a Motril. Era el año 1951. Por aquel entonces yo tenía diez años.
Por fin, una mañana muy temprano se preparó la marcha hacia la desconocida ciudad.
La despedida fue muy triste; mi abuelo permanecía estático, sin mover ni un sólo músculo de su cuerpo, parado delante del autobús; no parpadeaba, no se le fuese a escapar algún sollozo o lamento y lo viesen los vecinos, él, que era tan fuerte; en cambio, mi abuela suspiraba amargamente y lloraba sin consuelo mientras limpiaba las lágrimas con la punta del delantal de rayas grises.

Cuando nos detuvimos en la estación donde hacíamos trasbordo, mi padre extrajo todos los bártulos que transportábamos y los pasó al otro autobús. La noche estaba muy oscura, parecía que iba a llover de un momento a otro, pero no fue así; no cayó ni una gota. Nosotros, los más pequeños muy asustados, nos cogimos de la mano de mi madre para no perdernos. Recuerdo, ya en el autobús, que no hacíamos sino preguntar a mi madre: ¿Falta mucho para llegar? Al fin, el sol empezó a salir entre las altas montañas y vimos el mar a lo lejos. Nos quedamos "embobaos" mirando por la ventanilla. No habíamos visto nunca tanta agua junta.
Y así fue como empezamos una nueva etapa de nuestras vidas en Motril,
lejos de nuestra tierra con nuevas dificultades y no menos duras que
las anteriores, pero llenas de grandes esperanzas…
Creado por Maruja.

XVI CERTAMEN LITERARIO "PLAZA DE LA LIBERTAD"-MOTRIL 2010-- 2º PREMIO

2 comentarios:

ANTONIA RODRIGUEZ dijo...

Maruja, igual de bueno que los otros, que ya tengo guardados en un archivo especial para no perderlos. Adelante que tú sabes hacerlo muyyyyyyyyyyyy bien. Un abrazo,ANTOÑITA.

MAGDA CONTRERAS dijo...

Hola amiga, que bueno tu relato y muy bien contado, lo relatas como si hubiese sido ayer, en fin que escribes muy bien!
Besos.