sábado, 3 de julio de 2010

DESENLACE FATAL


El sol aún no había salido tras las altas montañas que rodean el
pueblo aquella mañana de primavera, cuando sonó el timbre de la puerta
con insistencia; salté de la cama sobresaltada e intenté buscar las
zapatillas, que por algún motivo nunca están don de deberían.
Al abrir la puerta, él estaba allí mirándome con sus brillantes ojos
verdes, su pelo rubio peinado hacia atrás, la camisa de rayas blancas
y azules,con la mochila colgada a la espalda llena de libros, lápices y
cuadernos.
Sin mediar palabra, se abalanzó sobre mí liberando un torrente de
energía y cerrando sus enormes ojos me dijo:
—Abuela, mi madre trabaja el domingo, me quedo contigo hasta el lunes
—En su carita, una tierna y dulce sonrisa que dejaba al descubierto
su cariño infinito.
Corrió sin mirar hacia el patio: metiento los pies en los charcos que se encontraba mojado por la lluvia del día anterior.
En un rincón, su juguete preferido, el más preciado, su bicicleta de cuatro ruedas; cuatro porque aún no le habían quitado las dos pequeñas por miedo a que
pudiese caer de ella.
Me recogí el pelo en la nuca, con un pequeño moño, sujeto con una
de esas agujas de plástico, de las que venden en “todo a cien”; me
abroché los botones de la bata y dirigiéndome a la cocina me preparé
una taza de café bien cargado, que sólo con su olor podía resucitar a
un muerto…
Era demasiado pronto para empezar las tareas del día; días largos y
calurosos de primavera, por esta razón, solía sentirme muy cansada al
terminar la jornada. Me senté en una butaca del salón, aún con la
taza en la mano, cerré los ojos un instante; al abrirlos, mis ojos se
clavaron en la fotografía de mi hija, que, estática, me miraba desde
la mesa. El teléfono de la mesita sonó como un trueno…,
—Dígame, ¿quién es?
— ¿La señora González?
—Sí, soy yo. —lamento decirle que su hija ha tenido un fatal
accidente.
El retumbar del teléfono invadió toda la habitación al caer al suelo.
Entraron los dos en el salón, corriendo y dando saltos: el perro
ladrando y moviendo el rabo alegremente, el niño jugando… como si el
mundo todo fuese de color de rosa, el color de la inocencia que solo
los niños poseen.

2 comentarios:

Manolo dijo...

Hola madre, me encanta leerte, no sabía que tenías este blog. Un beso fuerte de tu hijo que te quiere mucho.

ANTONIA RODRIGUEZ dijo...

MARUJA, tú como las violetas, escondidita que no se te vea ó lea ¡¡hala recopila todo lo que tienes tan bueno y a publicar!! Yo seré una lectora incondicional.
Un abrazo, ANTOÑITA.