martes, 19 de agosto de 2008

“RECUERDOS IMBORRABLES”


1º PREMIO 2007 DEL CERTAMEN DE RELATO Y POESÍA "SALVADOR VARO"

Él no podía ver el reflejo del tibio sol ni la clara luz entrando por las rendijas de la ventana; sí, podía percibir la agradable sensación de la próxima llegada de la cálida primavera.

Bajó las escaleras con sumo cuidado aferrado a la estrecha barandilla, palpando con el bastón cada uno de los peldaños de la empinada escalera, guiado en todo momento por el ahogado murmullo de los compañeros, que a esa hora de la mañana se encontraban en el comedor de la residencia.

Sin el más mínimo apetito, tomó pausadamente el desayuno, colocó sobre su cabeza el sombrero de ala corta despacio, como si de un ritual se tratase, cabizbajo y abatido como el guerrero que pierde la batalla; tanteando los obstáculos que encontraba a su paso, se dirigió hasta la salida del frondoso jardín.

Una suave brisa envuelta en múltiples aromas se topó en su cara, su cara arrugada y marchita por el tiempo implacable, que pasa y deja sus huellas imborrables. Él arrastraba sus torpes pies por el dorado sendero, donde miles de pájaros revoloteaban entre las espesas ramas de los árboles…

Con infinita dificultad llegó al deteriorado banco de madera en el que solía sentarse a diario para descansar sin ser molestado por los compañeros, y poder rememorar un tiempo ya lejano, recuerdos que pasaban por su lúcida mente, como si de una película dramática se tratase.

Le despertó la fuerte lluvia golpeando los frágiles cristales de la ventana.
—Maria, ¡qué forma de llover! Me gustaría quedarme. Sé que no es posible,
puso los pies en el frío suelo, se calzó sus gastadas botas y terminó de vestirse, se dirigió a la cocina y cogió la deteriorada taza de porcelana entre sus engarrotados dedos y sorbió el caliente y negro café.

Ya en la calle, temblando de frío, se abrochó los botones de la pelliza y alzó el gastado cuello de falsa piel, por encima de las orejas. Se puso en camino hacia la estación.

Al llegar, un silencio sepulcral rodeaba el enorme y desolado andén, roto por el chapoteo de la lluvia sobre los tejados de los vagones que se alineaban en las vías.Con el farol y el martillo en la mano, calado hasta lo más profundo de sus huesos, comenzó a reparar cada uno de los vagones para poder comprobar que todo permanecía en perfecto estado. Una larga y dura noche; pero aliviado al llegar a casa y encontrarse de nuevo al lado de su querida María.

Las campanas de una iglesia cercana le hicieron volver a la realidad. Aún podía sentir sus suaves manos acariciando su cara y el calor de su frágil cuerpo calentando sus pies doloridos con inmensa ternura. Ella, con su amor, cariño y dedicación fue su mayor consuelo durante su tremenda enfermedad, que año tras año terminó apagando la luz de sus ojos, dejándolo en la más absoluta soledad.

Mairía Jiménez Galeote.

1 comentario:

Mª Teresa Martín González dijo...

Muy bonito y enternecedor. Me han gustado las descripciones. Se nota mucho cuando es el anciano,y cuando el joven, al utilizar las frases adecuadas (se nota energía en el joven y esa debilidad y tranquilidad en el anciano).

Un saludo.
Mayte