viernes, 8 de agosto de 2008

LA PORRA


Yo la esperaba cada tarde impaciente detrás de la reja de la ventana de mi pequeño dormitorio para verla pasar, a la misma hora con el mismo atuendo, sucia y desaliñada: envuelta en aquel sucio abrigo,el raído sombrero con el que tapaba sus anchas cejas con recelo y vergüenza, de done pendían unas enormes gafas graduadas como culos de botellas. Al caminar arrastraba con suma dificultad la pierna derecha, personas mayores comentaban que cuando la guerra le había rosado una bala perdida; y otros que su marido le había dado fuerte golpe con un palo uno de esos días que se encontraba más borracho como una cuba, lo que era habitual en semejante individuo.


Mis ojos hacían chiribitas cuando conseguía ver y escuchar el chirriar del viejo carro de madera desgajada por el paso de los años y las pocas manos de pintura, cargado hasta los bordes de algarrobas, paloduz, muñecos rígidos de barro con boca y ojos pequeños pintados de negro, en un extremo del carro un gran manojo de globos de brillantes colores que engalanaban la singular y esperada procesión.


La Porra: así, la llamábamos los chiquillos que acudíamos cada día jubiloso y alborotado a comprar sus exquisitas y deliciosas golosinas.


Ya han pasado muchos años y aun recuerdo con cariño y añoranza aquel singular y extraño personaje.

1 comentario:

Angela Magaña dijo...

Otros tiempos ¿Verdad? En mi infancia había una tal "LOLA, la Barquillera", que recorría las calles del pueblo de mis abuelos. A ella no la recuerdo pero sí sus helados de nata, que se resquebrajaban al partir y eran deliciosos. Un abrazo ÁNGELA